PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ
En la lectura común de la Biblia Adán es el padre de todos los hombres, el primer humano creado por Dios del barro de la tierra y sobre el cual, en sus narices, sopló el Creador aliento de vida para que superara las limitaciones propias de la materia por ser constituido también un ser espiritual, trascendente. El vocablo hebreo adám hace referencia a que aquel ser creado por Dios ha sido formado del adámah, del polvo de esta tierra; por eso puede ser traducido, más allá de nombre propio, como el terroso, el que es sacado de la tierra; ese mismo sentido tiene la relación de los vocablos latinos homo (hombre) y humus (polvo de la tierra).
Adán es el hombre genérico, asexuado, pues en el texto bíblico del Gn 2 todavía no se habla de la diferenciación entre varón (ish) y mujer (Isha), que comenzará cuando del adám, del ser humano, salga de su costado la diferenciación entre varón y mujer para que, siendo diferentes, compartan el ser “humanos”, conscientes, libres y con la capacidad para la relación y el diálogo en el amor en igual dignidad de ser imagen y semejanza de Dios.
Adán es también, en cuanto terroso, débil y frágil en un doble sentido: en sentido físico por la finitud inscrita en su cuerpo y que hace referencia a la enfermedad, la caducidad, el sufrimiento y la misma muerte. Pero de esa debilidad física hay también una interpretación y referencia a la debilidad moral, al pecado. De esta forma, Adán, para san Pablo, será el prototipo del hombre pecador y corrupto. Mientras Cristo es el salvador universal, Adán es el origen de toda maldad y corrupción. En este sentido, los padres jesuitas, maestros de la Universidad Gregoriana, Flick y Alzeghy elaboraron su reflexión antropológica a partir del paralelismo entre Cristo y Adán, inspirado en san Pablo. “Bajo el signo de Adán” es el hombre en su naturaleza capaz de trascenderse como realidad psicosomática, pero también la misma realidad histórica del pecado, de la desobediencia al mandato de Dios, de la corrupción de la humanidad que peca y lleva a otros a pecar. Todos los hombres somos pecadores y proclives a la corrupción; ninguno se escapa; por ello necesitamos de la gracia de Cristo que hace vencer toda debilidad; sólo quien acepta sus pecados y busca a Cristo, puede bajo su signo, es decir, bajo la fe y los Sacramentos alcanzar la purificación y la elevación.
Llama la atención que Adán sea el nombre de uno de los hombres más poderosos del país, haciendo referencia a su otro nombre, Augusto, es decir, majestuoso, grande. Pero también uno de los expuestos por la anterior dirigencia de la Fiscalía Federal, como de los hombres más corruptos, haciendo honor a su nombre de Adán. Qué pena que sea su partido Morena el que lo redima de todas sus tropelías, mientras que somos todos los mexicanos los que debemos, como por el Adán bíblico, pagar por ellas.
