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“Adolescencia” Emociones y realidad desconocida

por Quetzali Hernández
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Por Fabián acosta rico / UniVa

Adolescencia, la serie de Netflix que nos cuestiona sobre las nuevas problemáticas emocionales de la juventud nativodigital

Hay una problemática que no advierten las generaciones anteriores, pero que afecta sus roles como padres o abuelos: los niños y pubertos enfrentan una precocidad emocional intensa y prematura. Llegan psicológicamente muy pronto a la adolescencia y, en muchos casos, permanecen en ese estado mental por largo tiempo; algunos, incluso, nunca logran superarlo.

De esa problemática trata Adolescencia, la miniserie de Netflix que ha causado furor por su enfoque crudo y simbólico. No es una serie de suspenso tradicional. Desde el inicio sabemos que un niño de trece años ha asesinado a una compañera. No hay misterio en cuanto a la autoría del crimen; el punto central es comprender las causas que llevaron a ese acto brutal. La serie no impone una lectura única, sino que propone diversas aristas para que el espectador valore los factores implicados.

Una de las premisas que recorre la serie es que, aunque el mundo se ha suavizado en lo físico, la crueldad persiste bajo formas más psicológicas. La figura del padre autoritario ha sido reemplazada por el lema “déjalos ser”, pero las tribulaciones no han desaparecido, sólo han mutado. Hoy, el sufrimiento se vive más en el terreno emocional.

Vivimos en una era donde lo privado se vuelve público gracias a las redes sociales. Todos estamos expuestos en el tribunal masivo del ciberespacio. El adolescente actual busca aceptación cifrada en likes desde muy temprano, lo que crea una presión emocional constante. Para ser visto, debe mostrar algo: belleza, encanto o carisma. La notoriedad digital se ha vuelto una necesidad.

Este es el contexto en el que vive Jamie, el protagonista de Adolescencia, el niño que mató a su compañera Katie. De ella se sabe poco, salvo que le gustaba a Jamie, lo rechazó y lo humilló públicamente en Internet. Estamos ante un crimen pasional propio de nuestra época. La serie no sentencia, pero critica con fuerza las redes sociales, que esclavizan y deshumanizan.

Algunos defensores de la modernidad afirman que la tecnología no es mala en sí misma, sino que amplifica lo bueno o lo malo de sus usuarios. Pero lo cierto es que llegó sin manual de uso ético, y muchos padres han dejado a sus hijos a merced de ella, sin supervisión. El resultado puede ser trágico: un hijo procesado por un crimen.

En la soledad de su cuarto, el adolescente está expuesto tanto a depredadores como a la violencia de sus pares. Su habitación puede convertirse en la mazmorra de sus miedos. Padres y escuelas no están preparados para dotar a los jóvenes de herramientas emocionales que les permitan enfrentar los retos que plantea esta nueva realidad.

La serie muestra cómo la escuela, en su afán de sobre informar con datos científicos o históricos, descuida lo emocional. No prepara a los alumnos para afrontar una cultura de sexualidad libre y expuesta que erotiza sin distinción de edad, ni para manejar un ciberespacio donde la popularidad define la autoestima.

Jamie es un personaje de ficción, pero representa a muchos jóvenes reales a quienes llaman incels (célibes involuntarios), adolescentes que sufren rechazo por su inexperiencia afectiva y son estigmatizados por su virginidad. Su dolor se transforma en misoginia, dirigida sobre todo hacia mujeres atractivas y populares que los rechazan tanto en persona como en redes sociales.

Adolescencia nos interpela sobre los desfases generacionales en la comunicación y las epistemologías juveniles. También lanza una alerta sobre la hipersexualización precoz que complica la vida de niños y adolescentes, enfrentándolos a conflictos pasionales y psicosociales para los que aún no están preparados.

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