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Adviento es una espera activa

por Michelle Fletes Rubio
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Hermanas y hermanos en el Señor:

De que el día final vendrá, no sabemos la hora ni las circunstancias, pero estamos seguros sí llegará.
Por eso la insistencia de “velen y estén preparados”. Para hacernos conscientes de esta realidad, Jesús recuerda la imagen de Noé, que en ese tiempo, “la gente bebía, comía, se casaba, compraba”, es decir, la gente vivía desentendida, no pensaba en un final, que su vida se podía acabar sobre la Tierra, sino que estaban distraídos en las cosas del mundo.
Lo mismo nos puede pasar a nosotros, que vivamos completamente despreocupados de la venida del Señor, de la venida que Jesús hace todos los días a nuestra vida a través de los acontecimientos, por la celebración de los Sacramentos y por otros hechos con los que se hace presente; pero nosotros estamos distraídos, desentendidos, ocupados en otras cosas.
También dice Jesús: “Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre”, si no estamos preparados, “de dos hombres que estén en el campo, uno será tomado y el otro será dejado…”.
Estas palabras que no entendemos de pronto, las podemos vivir como experiencia. Sucede algo, como un accidente, que le pasa a otras personas, pensamos que eso no nos va a acontecer, pero cuando sucede algo que nos afecta directamente, nos damos cuenta de que sí somos susceptibles a lo mismo.

Hay que estar atentos a la venida del Señor, pero esta espera, esta preparación, no debe ser pasiva. Esa vigilia tiene que ser activa, construyendo relaciones de paz, de sana convivencia, que redunden en bien de todos.

Por ejemplo, que nuestros instrumentos de guerra, cualquiera que sea (incluyendo nuestra lengua) se conviertan en instrumentos de paz.
Esto es lo que debemos evitar, estar en guerra, que se refiere no solo a los conflictos globales, sino cuando usamos esos instrumentos para destruir la fama del otro; que los recursos que usamos para alejar a las personas, se conviertan -por el contrario- en medios para establecer relaciones fraternas, humanas, de respeto a la dignidad de cada uno.

Nos toca ser agentes de paz, superar las faltas de respeto a la vida y ser activos en la construcción de buenas relaciones.

San Pablo también nos hace una recomendación para este tiempo de Adviento: “Desechemos las obras de las tinieblas (las obras del mal), y revistámonos con las armas de la luz” (Rm 13,12).

Las obras del mal se hacen en secreto, se planean en secreto y se llevan a cabo así, en la oscuridad.

De esta forma se realizan las obras del mal, como si se llevaran a cabo en la oscuridad de las tinieblas.
En el día, con esa luz, actuamos con toda la claridad y nos aplicamos a las cosas de bien, a hacer las cosas bien, de acuerdo a la luz que viene de Cristo.
Él es la luz que ilumina a todo hombre en este mundo. Haciendo las obras que Jesucristo nos propone en el Evangelio, estamos siendo luz para el mundo, luz para los demás, porque esa luz que irradiamos con nuestro comportamiento, nuestra buena manera de ser, proviene de Cristo, y debe reflejarse.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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