Las voces se levantan, unos las oyen, otros las escuchan; las calles y espacios de comunicación muestran movimientos; unos las ven, otros las observan. ¿Qué se escucha?, ¿qué se observa?
Luces de espacios públicos que se apagan y pervierten, jóvenes con futuro incierto; calles, carreteras, e incluso negocios y casas familiares asechadas por la inseguridad; voces y acciones descalificadas, ignoradas, menospreciadas, por no ser como la “voz única”; finanzas públicas comprometidas con deudas y agotamiento creciente que pone en riesgo real el futuro de pensiones; deficiencias en los servicios de salud pública; sociedad polarizada y confrontada, alentada desde todos los frentes; anulación de los contrapesos necesarios para una sociedad democrática.
Comenzamos el tiempo de Adviento (llegada, venida), en el que la comunidad cristiana se prepara durante cuatro semanas para la Navidad, celebración del nacimiento de Jesús, Cristo, “el Verbo hecho carne”, quien “puso su morada entre nosotros” (Jn. 1, 14).
A partir de hoy, primer domingo de Adviento, la Palabra de Dios nos guiará y preparará para la Navidad. La voz de los profetas, como Isaías y Juan el Bautista, nos ofrece elementos claves en estos tiempos de desesperanza.
La Iglesia, hoy, retomando a Juan el Bautista, se levanta y dice: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mt. 1, 3)
Una voz, que se une a las voces que se escuchan en las calles, porque hay Esperanza. Se “espera” activamente, pues para la “llegada” hay que “preparar el camino” y “allanar los senderos” por donde el pueblo ciudadano quiere caminar y avanzar.
¿Qué hay que hacer para “preparar el camino”? El profeta Isaías, a quien se refirió Juan el Bautista, lo puntualiza: “Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies” (Is. 40, 4).
¿Qué hay que rellenar, aplanar; qué convertir en llanuras y planicies? Los espacios, palabras, acciones que nos polarizan y, por lo mismo, confrontan. Hacer de nuestros “caminos”, de nuestros hogares, barrios, colonias, espacios públicos, lugares de encuentro donde todos nos podamos ver de frente; a ninguno ver hacia arriba y a nadie ver hacia abajo; llanuras planas donde todos nos escuchemos, donde se puedan extender los brazos para tomarnos de la mano; donde quienes por sus funciones poseen y detentan poder público, se abajen, observen y escuchen, no a un llamado pueblo que se le desprecia se le miente, se le trata de “convencer” que ellos tienen la solución a los problemas, que nunca ha habido otros mejores que ellos. Sino a ciudadanos a quienes les reconoce, garantiza y promueve sus derechos; ver y escuchar al diferente. La diversidad enriquece y permite ver otros horizontes, construir caminos para todos.
En este tiempo de Adviento, juntos, podemos proclamar y alimentar la Esperanza, pues “el pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz” (Is. 9, 1).
¡Ven, Luz! ¡Ven, Príncipe de la Paz! Nosotros prepararemos el camino, que al ver observemos, que al oír escuchemos. Allanaremos los senderos para todos.
