Alfredo Arnold

Sidney Poitier fue un gran actor cinematográfico en aquella época en la que el color de la piel aún determinaba el futuro de las personas, especialmente en los Estados Unidos. Además de actor, fue escritor, director de cine y diplomático. Incluso ganó un Óscar. Tuvo una vida longeva y murió recientemente a los 94 años de edad.
Una de sus películas más exitosas fue “Al maestro, con cariño”, en la que interpretó a un ingeniero que, obligado por la falta de empleo, se ve forzado a tomar una plaza de maestro en la que sus alumnos le hacen ver su suerte. Esa cin ta llegó a México allá por 1968, hace ca si sesenta años; la vi, si mal no recuerdo, en el cine Américas.
Reflejaba aquella cinta las dificulta des para ejercer la profesión magisterial cuando se tenía enfrente a un grupo de jóvenes que vivían la época del rock, de los hippies, de Woodstock. Los tiempos cambian y las dificultades magisteriales se transforman.
En México, hemos padecido duran te años los problemas sindicales que aquejan a los maestros, los bajos suel dos que perciben y el pobre reconocimiento social de que disfrutan. Esto, a pesar de ser ellos quienes preparan a los jóvenes para los retos que afrontarán en un futuro por demás incierto.
En Estados Unidos, a pesar del empoderamiento de los estudiantes, existe un buen índice de aprovechamiento. En Europa el nivel estudiantil es mejor, Japón tiene un nivel superlativo y en África cuentan cada vez mejores escuelas.
En educación, el caso mexicano es muy especial. Aquí estuvieron los mejores planteles de América, pero fueron perdiendo protagonismo a través de los siglos. Nuestros problemas sociales y políticos de los siglos XIX, XX y de lo que va del XXI, han deteriorado seriamente la calidad educativa. La politización de las organizaciones magisteriales y el desinterés de los estudiantes son factores que han deteriorado la educación mexicana.
El pasado jueves 15 de mayo se festejó el Día del Maestro. Los felicitamos y, sobre todo, hacemos votos para que la educación y la actividad laboral educativa se fortalezca tanto en calidad como en reconocimiento para beneficio de las futuras generaciones de ciudadanos, de los propios maestros y de nuestro país entero.
(Agradezco a Dios por los excelentes profesores que la vida me ha dado desde que asistí por primera vez a una escuela).
El autor es LAE, master en Filoso fía y periodista. Académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

