Laura Castro Golarte

Antonio Alcalde y Barriga en Guadalajara”, de Laura Castro Golarte (Canaco, 2021)
Fray Antonio Alcalde y Barriga, siervo de Dios, murió el 7 de agosto de 1792. Había llegado a la Guadalajara de Indias el 14 de diciembre de 1771 con 70 años de vida sobre sus hombros y un trabajo intenso ordenado por el Rey Carlos III.
En la Nueva Galicia, identificada así en aquellos años, aun cuando poco después cambió a Intendencia de Guadalajara como parte de las ordenanzas de las reformas borbónicas, sus habitantes conocieron y disfrutaron de la presencia y las obras del vigésimo segundo Obispo de la mitra tapatía, por dos décadas.
Lo he escrito antes: la muerte encontró en paz al fraile de la calavera. Con los veintiún años que pasó en Guadalajara hubiera sido más que suficiente para estarlo, pero lo cierto es que en el transcurso de su, por fortuna, larga vida, fray Antonio Alcalde y Barriga hizo sólo el bien sin pausa, ni descanso.
Emprendió lo más que pudo directamente y dejó instrucciones y dinero, por ejemplo, para el Sagrario Metropolitano, aunque para otras obras sólo alcanzó a transmitir la idea. Su vida y obras forman parte del día a día en Guadalajara y de nuestra memoria colectiva por generaciones: Alcalde, el fraile inmortal.
En marzo de 1792 fray Antonio Alcalde y Barriga había cumplido 91 años. No le quedaba mucho tiempo y él lo sabía. Era necesario dejar preparado todo para cuando llegara la hora y para que las obras que había emprendido no quedaran inconclusas; el hospital, sobre todo, que tanta falta hizo cuando el “año del hambre”; y la Real Universidad de Guadalajara como colofón de su lucha en pro del “adelanto de la juventud”.
Dejó dinero para la construcción del Sagrario Metropolitano, 80 mil pesos, pero no vio ni siquiera el inicio de los trabajos de construcción que arrancaron hasta 1808, el año de la gran crisis en el mundo Atlántico (es el año de la invasión napoleónica a España y de la crisis en el Ayuntamiento de la Ciudad de México; los sucesos de entonces forman parte de la constelación de acontecimientos que dieron como resultado, pocos años después, cambios irreversibles).
El fraile de la calavera había destinado recursos para la casa de cuna, pero no logró concretar esa obra. Entonces ordenó que el dinero fuera para el Colegio de Maestras de la Caridad y la Enseñanza, sin embargo, la idea de una casa de cuna no murió con él.
Su interés por impulsar la educación era resultado de su formación dominica, orden que históricamente se distinguió por la fundación de universidades y por el contexto ilustrado del siglo; sin embargo, ese afán por atender a las clases más necesitadas, a hombres, mujeres, niños y ancianos desprotegidos, era reflejo auténtico de una personalidad benévola y generosa, de un humanismo a ultranza que no se concretó a sentir, sino que ejercitó y vivió hasta el final de su existencia.
El doctor Carlos Ramírez Esparza, fue un estudioso de la vida y las obras del fraile dominico. En su libro Tiempo de Aguas, 1792, recreó lo que pudo haber sido uno de los últimos días de Alcalde. Según este relato, pese a que se había negado a visitar las obras de construcción del Hospital Real de San Miguel de Belén en su tercer y último asiento, el Obispo cambió de parecer, consciente de que le quedaban pocos días de vida.
Unas antiguas piedras, ahora incompletas, dan cuenta de aquella visita de la que, sin embargo, se desconoce el día exacto. Alcalde no vio terminado el hospital así que, a finales de julio o principios de agosto de 1792, decidió recorrer parte del nosocomio. Por lo que, aún se alcanza a leer en las piedras, todo parece indicar que el dominico realizó la primera curación en el nuevo hospital para inaugurar de manera simbólica, el lugar al que todavía ahora miles de enfermos acuden en busca de salud.
Para mayor precisión, se podría considerar que la visita fue antes del 21 de julio de aquel año, porque justamente ese día, el vigésimo segundo Obispo de la Nueva Galicia recibió los santos óleos (acaban de pasar 233 años). Un acto de esta naturaleza era típico de un hombre como Alcalde, de cuya extraordinaria personalidad han dado y siguen dando cuenta sus biógrafos.

