Laura Castro Golarte

En la entrega pasada vimos que las visitas pastorales eran una obligación de los Obispos. En aquellos territorios inmensos, sobre todo si se tenía la perspectiva europea, de las Españas específicamente, la Nueva España era inagotable, inabarcable, extensísima, pero era necesario cumplir con ese mandato porque eran varios los asuntos que se trataban, se observaban, se resolvían y se reportaban.
En Yucatán, por ejemplo, fray Antonio Alcalde se dio cuenta y expuso, con gran valentía, la conducta licenciosa de españoles que habían tomado posesión de algunas comunidades en las inmediaciones de Tabasco, pequeñas pero suficientes para que ejercieran actos violentos y de abuso de poder contra sus habitantes, particularmente contra las mujeres.
En el caso de la Diócesis de Guadalajara no se tiene noticia de algo así, por fortuna, aunque sí tuvo que enfrentar peligros; no obstante, como ya lo he mencionado en anteriores entregas, el sirvo de Dios constató directamente –y eso que no recorrió todo el territorio correspondiente en aquellos años– que era necesario dividirla. Esa experiencia también fue el principal argumento que presentó ante el rey Carlos III para que no se modificara el sistema para el cobro y administración del diezmo, sin éxito ciertamente, pero con conocimiento de causa.
En general, hay consenso en el sentido que el inicio de la visita pastoral del obispo fue en 1775. Se dispone del informe correspondiente elaborado y firmado por el notario mayor, Blas de Silva, quien precisa que fue el 10 de octubre de 1775, según refiere la historiadora Águeda Jiménez Pelayo.
Cuando se tramitaba su nombramiento para Guadalajara, prácticamente se impuso como condición que lejos de obstaculizar, impulsara la división de la diócesis, pues a partir de la visita es que Alcalde decidió imprimir un mayor énfasis a la iniciativa de fundar el Obispado de Nuevo Santander y hasta el de Sonora en 1779, según se indica en las memorias de Alberto Santoscoy. El historiador del siglo XIX coincide en la fecha: “[…] salió de Guadalajara el 10 de octubre de 1775, y debió invertir en ese trabajo episcopal lo restante del año y parte del siguiente”
Después del recorrido, Alcalde y Barriga se concentró en Guadalajara, desde donde su caridad se extendió hacia casi todo el territorio. El hecho de permanecer en la capital no impidió que el obispo derramara el bien en las otras provincias, aunque —y es justo decirlo— en Guadalajara, ciertamente, se recibió la mayor parte.
Sin duda fue así porque Alcalde ya era muy mayor. En el sermón de Juan Joseph Moreno que ya he citado en anteriores columnas, esto queda claro: “Contra los dictámenes de los médicos salió dos veces por distintos rumbos de esta Diócesis, pronto y alegre a hacer el sacrificio, tanto de su salud quebrantada como de su preciosa vida. En una y otra pasó ríos, sufrió hambres, desvelos, enfermedades y, por último, en esta toleró persecuciones de falsos hermanos”
Águeda Jiménez es más específica tanto en las fechas como en los detalles de la visita pastoral, con base en el documento que halló en el Archivo General de Indias: el informe del notario mayor. Por ejemplo, y además de remitirse a la creación de la diócesis y al sustento reglamentario de las visitas pastorales, la historiadora precisa que inició, sí, el 10 de octubre de 1775, se suspendió el 16 de diciembre siguiente, la reanudó el 10 de enero de 1776 y concluyó prácticamente cuatro meses más tarde, el 21 de mayo. El informe de Blas de Silva tiene fecha de 11 de julio de 1776.
El Libro de Gobierno de Totatiche se ha constituido en una fuente documental de gran valor. Es parte del conjunto documental para la Causa de Canonización del siervo de Dios, fray Antonio Alcalde y contiene papeles que dan cuenta de anuncios, avisos, impresos y otras comunicaciones. Por ejemplo, se conserva el anuncio de la visita pastoral, justo el tipo de documento que era de uso rutinario en la época; uno igual se emitió con respecto a las visitas pastorales de Yucatán.
Por la fecha del “despacho”, es claro que este aviso anunciaba la segunda parte de la visita, la que empezó el 10 de enero de 1776. En las primeras indicaciones, como podemos inferir que era su costumbre, el fraile de la calavera ordenaba de manera expresa que no se distrajeran recursos en un recibimiento fastuoso, no quería colgaduras, ni adornos de ningún tipo.
