ARZOBISPADO DE GUADALAJARA

En su primera carta el apóstol Pedro exhorta a los discípulos a dar siempre razón de su esperanza a quienes se la pidan (1 Pe.3,15), ese deber nos invita igualmente a saber dar razón de nuestra historia a quienes la buscan, particularmente cuando se trata de momentos relevantes que marcan la vida de las personas y las naciones, ya que estamos invitados a iluminar, desde la fe, los acontecimientos que son parte de nuestro caminar histórico, para animar la esperanza en un futuro mejor para nuestra patria, recordando que “nadie enciende una luz para ocultarla”, (Lc.11,13).
Para iluminar desde la fe estos acontecimientos y comprenderlos como cristianos, debemos primero conocerlos con honestidad y objetividad, siempre a la luz del Evangelio y del Magisterio. La llamada Cristiada constituye uno de estos momentos, al recordarla queremos hacerlo en el espíritu del Papa Juan Pablo ll, quien a propósito del V centenario del inicio de la evangelización americana nos decía: “No es mi intención recorrer ahora la historia de los comienzos de la evangelización del Continente, ni tampoco dar un juicio sobre lo que aconteció entonces. La conmemoración del V Centenario es ocasión propicia para un studio histórico riguroso, enjuiciamiento ecuánime y balance objetivo de aquella empresa singular, que ha de ser vista en la perspectiva de su tiempo y con una clara conciencia eclesial.” (Carta apostólica de S.S. Juan Pablo ll a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V centenario de la evangelización del nuevo mundo” 4).
Afortunadamente poseemos ya una vasta serie de investigaciones historiográficas, muchas de ellas testimoniales, sobre una etapa de nuestra historia que incluye varios aspectos la crisis de poder generada por la revolución caudillista, las causas de las primeras persecuciones y del nuevo marco legal que la Constitución de 1917 estableció para la Iglesia, las reacciones de nuestros hermanos obispos de aquel momento, la agudización de la crisis con la “Ley Calles”, la postura de la Santa Sede durante todo el conflicto, la suspensión de los cultos, la Guerra Cristera en sus diversos momentos, los llamados “arreglos” y su paulatina aplicación, hasta llegar al gobierno del general Manuel Ávila Camacho. Se trata entonces de una larga etapa más que de un solo acontecimiento, que ha sido ampliamente analizada, aunque no siempre con la sabiduría y equilibrio que debe dar el paso del tiempo. Ya desde ahora queremos destacar que, a la luz de los múltiples y diversos estudios realizados hasta el presente, resalta en primer lugar el testimonio valioso de una fe grande, madura, robusta y comprometida en la vida cotidiana buscando la paz, la libertad religiosa y el verdadero progreso de los pueblos.
Somos conscientes del papel trascendental que jugaron los hijos de esta provincia durante el conflicto religioso, de manera particular, del gran liderazgo que en favor de la paz y de la resistencia pacífica y democrática encabezó el beato Anacleto González Flores. Tampoco podemos olvidar el sufrimiento de todas nuestras poblaciones al estallar la rebelión armada, ni soslayar la generosidad, valentía y buena voluntad de la mayoría de quienes tomaron las armas y dieron su vida en defensa de la libertad religiosa, decisión difícil que, sin embargo, debemos trabajar para que nunca vuelva a suceder, pues como nos enseñó el Papa Francisco “La guerra es una derrota para la humanidad” (Ángelus 7/09)13), pues este centenario nos recuerda igualmente el valioso testimonio de nuestros mártires, sacerdotes y laicos, que renuentes a toda violencia, ofrecieron su vida por su fe y por su ministerio.
Este centenario es pues la ocasión para recordar y aprender, aceptar con honestidad las fallas y limitaciones de nuestros antepasados de una y otra parte, identificar los grandes valores que afloraron durante el periodo y que deben ser patrimonio permanente de nuestras diócesis, y seguir construyendo el reino de Dios en nuestra tierra.
Esta actitud de fe y de esperanza exige la caridad que sana, reconcilia, integra y proyecta a la comunidad como fermento vivo. En un escenario de tanta violencia como el que de momento vivimos, confiamos que juntos trabajaremos por la unidad del país, para supercar cualquier división; por la paz, para superar cualquier tentación de violencia; por la justicia, para fortalecer el tejido social, de esa manera los cristianos seremos “luz del mundo y sal de la tierra”, tal y como hicieron los mártires mexicanos.
Que Jesucristo, príncipe de la paz, por la constante intercesión de la santísima Virgen María nos conceda seguir creciendo en la fe, la esperanza y la caridad.
+ José FRANCISCO CARD. ROBLES ORTEGA
Arzobispo de Guadalajara
+ MANUEL GONZÁLEZ VILLASEÑOR
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Secretario de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara
