Laura Castro Golarte

Han sucedido tantos acontecimientos en los últimos días que realmente queda poco tiempo para procesar y dimensionar en su justa medida. No es fácil, y es muy probable que los efectos de lo que está sucediendo hoy día se sientan o se consoliden en los próximos lustros, no sólo años. Lleva tiempo, se necesita tiempo.
Los cambios en la forma de gobernar, en las decisiones que se están tomando, distintas a las costumbres y patrones de gobiernos neoliberales que se practicaron durante décadas, por lo menos desde los años ochenta del siglo pasado, hasta ahora, muestran un camino que sí permite avizorar un mejor futuro para los mexicanos; avances pues.
Por supuesto que no es perfecto, pero de pronto sí llama la atención que intelectuales o pseudointelectuales, gente que se dice pensante y analítica, se expresen como si no hubieran vivido el autoritarismo priista o la ineptitud panista con represiones, desapariciones forzadas ejecutadas por el Estado, corrupción rampante y extrema, desfalco del erario, crisis económicas perniciosas, enriquecimientos inexplicables, contubernio con el poder económico y con el crimen organizado, profundización de la desigualdad, desmantelamiento de programas y facultades estratégicas del Estado mexicano; castigo de la clase trabajadora, incremento en la pobreza y en la pobreza extrema, censura, cooptación, malas decisiones como los errores de diciembre, el rescate bancario y otros que favorecieron a los empresarios y no a las personas; asesinatos y magnicidios.
El contraste con lo que vivimos hoy en día es descomunal. Y sí, tengo que decir que seis años ni doce serán suficientes para cubrir los rezagos que dejaron en todas las áreas los gobiernos neoliberales. Sólo dos casos, salud, uno, donde se dejó un verdadero desastre y redes de corrupción muy difíciles de romper. Tampoco ha sido sencillo ni terso –el otro caso– el combate al crimen organizado y al narcotráfico que tejió tramas que parecen indestructibles desde hace décadas, pero particularmente desde la operación de uno de los capos más dañinos y poderosos como Genaro García Luna, hoy por fortuna condenado y encarcelado.
De manera apretada y general expongo en estos dos párrafos lo que habíamos vivido los mexicanos hasta hace siete años, más las injusticias, por supuesto.
Es difícil de aceptar para muchas personas –las resistencias– y conozco los riesgos, pero estoy convencida de que hace falta ver lo que está sucediendo por el bien de México y de los mexicanos. Hemos estado divididos por siglos, y no exagero, por posturas irreconciliables, sin embargo, no creo que a alguien le moleste o le incomode, sobre todo si tiene valores, principios, amor por México y preocupación por nuestras realidades, que la pobreza se haya reducido en 13.4 millones de personas en seis años; y que los ingresos de la clase trabajadora, en siete años, sin repercusiones negativas en el índice inflacionario, se hayan incrementado por lo menos en 135 por ciento. Por mencionar dos indicadores nada más.
El primero de septiembre hubo dos hechos históricos: el primer informe de la primera mujer titular de la Presidencia de México, con el reforzamiento de la idea de transformar política y gobierno en nuestro país para mejorar las condiciones de vida de todos (si no, basta con preguntarles a los banqueros en cuánto, han aumentado sus utilidades o cuanto ha ganado de manera sostenida la bolsa de valores); y la instalación de una Suprema Corte de Justicia de la Nación inédita, integrada ahora por magistrados elegidos por los electores mexicanos resultado de una reforma que tiene como propósito separar al Poder Judicial del poder económico y del político, y que los juzgadores a todo lo largo y ancho del territorio nacional trabajen apegados a derecho y a favor de los ciudadanos.
Tampoco será sencillo ni inmediato. La corrupción fuerte y sólida alimentada por décadas en el Poder Judicial, los vicios añejos y las malas prácticas, difícilmente se terminarán de un día para otro, pero era preciso empezar y ya están trabajando.
En tres días hubo información y hechos concretos y trascendentes, que no se quedan sólo –no deberían– como sucesos históricos y ya, su asentamiento y consolidación como tales demandan resultados. La ruta trazada pinta bien, es preciso que se mantenga y se ajuste lo necesario para que siga dando resultados.
Si los que no reconocen estos avances lo hicieran, seguramente caminaríamos mucho más rápido hacia estadios superiores de desarrollo, por el bien de todos; y eso no implica que no se cuestione lo cuestionable y se señale con ánimo de aportar y mejorar.
Lamento las resistencias porque las motivaciones son políticas, ideológicas y electorales. Si fueran preocupaciones sociales reales, si esos fueran los intereses, vinculados al bienestar de todos, los opositores acérrimos no tendrían empacho en reconocer, pero el prójimo no les importa.

Periodista, doctora en Historia, docente en ITESO.
Correo electrónico: lauracastro05@gmail.com
(Los contenidos de este artículo son opinión del autor, y no corresponden necesariamente con la línea editorial de Semanario)
