ALEJANDRA NUÑO
En 1995 la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer aprobó la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing con compromisos claros para erradicar la violencia y discriminación contra niñas y mujeres que siguen presentes en nuestras sociedades.
Lamentablemente, estamos lejos de cumplirlos. Según ONU-Mujeres, cada 10 minutos una mujer es asesinada y casi una de cada tres mujeres en el mundo, alrededor de 736 millones, han sido víctimas de violencia al menos una vez en su vida.
El 70% de las mujeres en conflictos, guerras y crisis humanitarias sufren violencia de género y, de mantener se las tendencias, más de 342 millones de mujeres y niñas vivirán en pobreza extrema en 2030.
La mayoría de las personas cuidadoras somos mujeres: de 748 millones de personas, de 15 años o más, que en 2023 no participaron en la fuerza laboral global por responsabilidades de cuidado, 708 millones eran mujeres y 40 millones eran hombres (OIT). Solo en 28.2% de los puestos directivos hay mujeres (ONU-Mujeres). Por ello, el Informe Mundial sobre la Brecha de Género 2024 concluye que faltan 134 años para alcanzar la paridad de género a nivel global.
La eliminación de estereotipos de género, que genera desigualdades y, en muchas ocasiones, violencia, requiere un cambio cultural y presenta un desafío en todas las dimensiones: familiar, de pareja, escolar, laboral, comunitaria y religiosa.
La Compañía de Jesús no es ajena al problema, también reconocido en el informe de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Un documento relevante ha sido el Decreto 14 (D14) de la Congregación General 34 (1995), titulado Los jesuitas y la situación de la mujer en la Iglesia y en la sociedad civil, que reconoce la realidad e invita a los jesuitas a alinearse en solidaridad con las mujeres que sufren discriminación y violencia en distintos ámbitos.
Colegios y universidades jesuitas han adoptado protocolos para la atención de violencias de género, han creado comisiones para atender esos casos, elaboran investigaciones e imparten clases al respecto. Varios cuentan con programas transversales para crear conciencia en la comunidad estudiantil, fomentar relaciones respetuosas, así como políticas laborales justas y paritarias en puestos directivos.
El apostolado social, siempre a la vanguardia, ha tomado medidas similares y creado espacios de reflexión y discernimiento común para identificar avances y desafíos que aún tienen las instituciones y comunidades jesuitas. Asimismo, cada vez hay más mujeres en la vida espiritual y en formación de jesuitas.
Estas y otras acciones deben ser permanentes, articuladas, colaborativas y abonar en la misión de reconciliación y justicia de la Compañía de Jesus, donde la dignidad e igualdad de las mujeres es parte esencial.
