Fabián Acosta Rico | Univa

Entre más crece la máquina, fáctica o digital, los seres humanos empequeñecemos en una relación inversamente proporcional. Es el ingenio humano el que mejora exponencialmente la tecnología, volviendo reemplazable su capacidad de trabajo físico e intelectual. En cuestión de meses, un mismo aparato —por ejemplo, un smartphone— reaparece mejorado, dejando obsoletos los modelos anteriores. Lo mismo sucede con los softwares y las aplicaciones que usamos: constantemente debemos actualizarlos porque sus desarrolladores no dejan de perfeccionarlos.
Los adelantos tecnológicos han facilitado nuestras vidas. Tareas antes complejas, que requerían concentración e ingenio, ahora las realizamos con facilidad gracias a la mediación de la máquina. Esta comodidad, sin embargo, podría estarnos atrofiando poco a poco. Quizá, sin darnos cuenta, estamos involucionando, adaptándonos al confort de estas sociedades hipertecnologizadas. Es un proceso de autoaniquilamiento: jóvenes que ya no escriben a mano, adultos que no memorizan direcciones gracias al GPS, nadie hace cálculos mentales porque hay calculadora. Esta transformación recuerda al experimento de la rana que muere hervida lentamente sin advertir el aumento de temperatura.
La generación X, que creció con la televisión analógica y consultaba una teleguía para elegir programas, ahora se deja guiar por algoritmos de plataformas de streaming. Con la llegada de internet, el escritor ya no necesita archivos ni bibliotecas: basta con buscar una fuente digital y explorarla con comandos. La IA ha llevado esta comodidad aún más lejos: basta con indicarle un tema a ChatGPT y entrega un texto completo con citas y fuentes en segundos.
La escritura a máquina se ha vuelto una rareza nostálgica, al igual que visitar bibliotecas físicas. El articulista, el ensayista, el novelista e incluso el poeta, cuyas habilidades tomaban años en cultivarse, ahora pueden ser reemplazados por una herramienta digital. Y al depender de esta tecnología, perdemos las destrezas que antes nos distinguían como individuos creativos y críticos.
Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) lo confirma. Se dividió a un grupo de voluntarios en tres equipos: uno usó ChatGPT para escribir un texto; otro, un motor de búsqueda; el tercero, sólo su ingenio. Mientras redactaban, se monitoreó su actividad cerebral. El grupo que usó ChatGPT mostró menor actividad neuronal y luego tuvo dificultades para recordar lo que había escrito. En contraste, quienes usaron menos tecnología obtuvieron mejores resultados en comprensión y retención.
En una segunda ronda sin ayuda de IA, el grupo que antes dependió de ella tuvo el peor desempeño: sus textos fueron imprecisos, superficiales y sesgados.
El estudio advierte que el uso constante de estas herramientas puede generar una “deuda cognitiva” que afecte el pensamiento independiente y el aprendizaje.
Personas con esta deuda podrían mostrar menor capacidad crítica, mayor vulnerabilidad a la manipulación y menor creatividad.
Cuando se adoptan respuestas generadas por IA sin evaluar su exactitud, no solo se pierde la propiedad intelectual de las ideas, sino que se corre el riesgo de interiorizar perspectivas sesgadas. Los participantes que escribieron sin ayuda se sintieron más satisfechos, conectados e identificados con sus textos.
Estudios similares ya advertían que la exposición excesiva a internet deteriora la concentración, la retención y la comprensión. Ahora, con la dependencia creciente a la inteligencia artificial, todo indica que el homo technologicus que se perfila será menos inteligente, menos competente, menos crítico y menos capaz de pensar con profundidad.


