Hermanas y hermanos en el Señor:
Cristo nos mira a los que creemos en Él y lo seguimos, para señalarnos que vino al mundo por nosotros. Podemos decir que el Señor nos ve en cada celebración Eucarística, y nos propone las condiciones para ser verdaderamente sus discípulos: “Quien no me prefiere a mí, antes que a su padre, a su madre, a sus hijos…, no puede ser mi discípulo”. Ésta la primera condición.
La segunda es: “El que no carga su cruz…, no puede ser mi discípulo”, y la tercera condición dice: “Quien no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.
Si Jesucristo recorrió un camino hacia la cruz, en favor nuestro, con suma seriedad y trascendencia para su vida, no pueden ser menos serias las exigencias para que seamos sus auténticos discípulos
Lo primero que nos debemos preguntar es: ¿Qué significa para nosotros ser cristiano? ¿Qué significa creer y ser discípulo de Cristo? ¿Es tan solo una fórmula o una práctica sencilla? ¿Está comprometida mi vida con Jesús?
En la primera condición, no es que el Señor quiera “robarnos” el amor que tenemos a nuestros seres queridos, o que quiera competir con los afectos más grandes y más entrañables podemos tener en la vida, sino que Él sabe que, si lo preferimos a Él antes que a ellos, los que vamos a salir ganando serán ellos mismos, porque Él nos enseña a amar no por interés, sino gratuita y plenamente.
Por eso es importante cumplir esta condición, la de preferir a Jesús antes que a nuestros seres queridos, porque si experimentamos su amor, vamos a amar mejor a nuestra familia.
La otra condición es cargar la cruz. Si preferimos un cristianismo cómodo, que elegimos solo aquellas prácticas cristianas que nos vienen bien y aceptamos, y rechazamos otras, no podemos ser sus discípulos. No podemos escoger solo lo que más nos conviene, porque esto no es abrazar la cruz de Cristo.
El que no rechaza un afecto desordenado a una persona o a los bienes materiales, no puede ser discípulo de Jesús, lo mismo quien tiene su corazón lleno de cualquier cosa, no de Él, y es más importante que conocer y amar a Jesucristo.
Ser cristiano es una empresa seria, como es serio lo que el Señor se juega, la entrega de su vida por nosotros.
Es buena ocasión para examinarnos con sencillez, humildad y verdad, y reconocer qué tanto somos discípulos verdaderos de Jesús. No es un seguimiento fácil; por eso, para seguirlo con compromiso hay que calcular nuestras fuerzas, en el interior de nuestra conciencia.
Podemos comenzar una vida cristiana (Catecismo, Primera Comunión, etc.), echamos los cimientos, pero hasta ahí le dejamos, entonces no terminamos la obra de ser hijos de Dios, para lo que fuimos bautizados.
Debemos calcular nuestras fuerzas, nuestra voluntad, la determinación de ser verdaderos discípulos de Jesús, para saber si estamos dispuestos a emprender una lucha por Él.
Son palabras exigentes y serias de parte de Jesús, porque su proyecto de salvación es serio, no es un juego, pero nos las señala con amor, para que sepamos que seguirlo es un asunto trascendente, de corazón, con una vida comprometida con Él.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo
