Víctor Ulín

En tiempos de desgracias, nos hace falta solidaridad. Empatía. Las torrenciales lluvias que siguen en la Zona Metropolitana de Guadalajara no solo ponen en evidencia la fragilidad de la ciudad, sino también nuestros mayores defectos que parecen dominar nuestras virtudes, cada vez más escasas, en medio de una crisis de humanidad generalizada que nos atenta.
Los daños colaterales que provocan las lluvias, más cerca del cambio climático que de lo atípico, también impacta a los que día con día salen de sus hogares a trabajar en la vía pública, como los tianguistas que forman parte ya del paisaje urbano y de nuestro folklore.
Las imágenes que circularon recientemente sobre la devastación del tianguis de la calle Puerto Progreso, en la colonia San Marcos de Guadalajara, son diluvianas. El agua que bajó de la Plaza de Oblatos arrasó con más de una centena de los puestos de madera o tabiques con lonas que los tianguistas instalaron, desde las cuatro de la mañana, para ofrecer sus productos a la gente de la zona.
Sobre el agua estancada, que inundó las calles, flotaban una diversidad de mercancías que se convirtieron en pérdidas para los comerciantes. Desde los que llegaron a vender frutas hasta los que ofrecían ropas de temporada o juegos de ollas.
Lo que no vimos realmente, es a la gente de la zona ayudando a los tianguistas que fueron sorprendidos por una tenue lluvia que se volvió en un instante una tormenta.
Por el contrario, los que estaban o pasaban por el lugar del desastre se llevaron lo que pudieron, sin el consentimiento de los dueños de la mercancía, quienes buscaron primero proteger su integridad ante la bravura de la corriente, que no distinguía ni edades, ni menos el sacrificio que muchas veces hacen los comerciantes para invertir en los productos que venden.
Una de tantas imágenes que circularon el día del desastre es la de una joven tianguista que sacaba las frutas del agua para recuperar algo, y de una cantidad incuantificable de productos flotando que ya eran pérdida.
“La gente se llevó la ropa, las ollas; muchos juntaron la fruta, jitomate, cebollas, calabazas. Además, los del ayuntamiento vinieron y cargaron los camiones de la basura y se llevaron todo, que porque se tapa la coladera”, lamentó una de las tianguistas.
Es difícil, desde este lado, no dimensionar la tristeza, frustración y desesperación de los tianguistas que lo perdieron todo. Que lo ganado en varios o muchos años lo hayan perdido en minutos.
Del otro lado, la indolencia de muchos que rapiñaron sin consideración. Sin solidaridad. ¿Qué sentiría la persona que únicamente observó, sin ayudar, o que salió corriendo con la mercancía, si fuese el tianguista que solo atestiguó impotente como el agua arrastraba su patrimonio? Nos las pasamos hablando de empatía, pero la evadimos cuando invoca comprender al otro, tratar de ponernos en sus zapatos, de tender la mano y ofrecer con humildad ayuda.
Ser tianguista aquí o en Guadalajara es una actividad que se ha ganado el respeto y la admiración de muchos que acuden a comprar algún día de la semana o el domingo que se instala. Es un trabajo que dignifica como cualquier otro que sea para ganarse la vida de manera honrada.
Los que hemos caminado por los pasillos habilitados de los tianguis en las calles de la ciudad o en lugares cerrados, no pensamos muchas veces en el esfuerzo que implica levantarse en la madrugada, preparar la mercancía, subirla a la camioneta o al triciclo para acudir al lugar de siempre (aquí al de Progreso, al Del Sol o más famosos como el de Santa Tere o el de la Morderna).
Ahora que la competencia son también los gigantes de Amazon, Mercado Libre, Temu, Alí Babá, los tianguistas libran una batalla más demandante como la del David contra Goliat. Y no se dan por vencidos.
Durante muchos años fui testigo de cómo doña Mari, maestra que durante los días de semana laboraba en una escuela, el domingo se iba al tianguis a trabajar con su esposo en una camioneta de los años 70, que ya no existen, o quedan muy pocas. Había que pagar colegiaturas de la escuela de los hijos y satisfacer las necesidades de casa. (Me quedé con las ganas de pedirles que me dejaran acompañarlos un domingo de tianguis, para conocer más el detrás de la actividad. Ninguno de sus hijos continuó con el oficio).
Nadie que tenga un puesto en el tianguis trabaja por placer. Lo mismo hay personas que solo conocen esta actividad desde que sus padres le enseñaron el oficio como medio de subsistencia, hasta egresados de carreras que emprenden o son tianguistas porque la profesión que estudiaron no les alcanza para sus gastos.
Tenemos que dejar de mirarlos solo como comerciantes. Son personas de carne y hueso, con problemas, defectos, virtudes, y necesidades comunes a la nuestra, que trabajan como usted y yo para vivir.
Lo que ocurrió a mediados de agosto en el tianguis de la Calle Progreso no lo vamos a cambiar, ni la pérdida de los productos, ni menos la rapiña de la gente que no es distinta a la que saquean los productos de los camiones accidentados en otras ciudades.
Lo que sí podemos es que la próxima vez que ocurra un desastre en algún tianguis -porque ocurrirá-, si usted pasa o vive por la zona, ayude. No salga corriendo con una mercancía. Ayude al prójimo. Sea de verdad empático. Una buena persona.
