Hermanas y hermanos en el Señor:
Si creemos en Cristo, si somos sus discípulos, ¿qué tenemos que hacer?, ¿cómo tenemos que vivir? Lo que tenemos que hacer es lo que Dios ha hecho con nosotros, vivir de acuerdo al amor que Él nos ha manifestado en Jesucristo.
El Señor nos amó, dice la Sagrada Escritura, nos envió a su Hijo, que murió por nosotros, siendo pecadores, no porque somos santos. Murió manifestándonos un amor gratuito y universal.
De este amor se desprende la vida moral que debemos vivir, no como una teoría, sino de una forma concreta.
Jesús es puntual y concreto en lo que nos pide a nosotros, sus discípulos, respecto al amor de Dios y a nuestros hermanos. Nos dice: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a los que los maldicen, y oren por los que los difaman”.
¿No les parece que esto contradice lo que nuestra pobre naturaleza humana siente cuando somos agredidos, amenazados, golpeados? Nuestra naturaleza nos dice: “Reacciona, haz algo, véngate, que no se queden las cosas así”. Estos son los criterios del hombre terreno, que piensa de acuerdo a sus impulsos e instintos. Pero los creyentes católicos, hay que recordar, no somos hombres del mundo, sino que somos del Cielo, desde el momento en que Cristo se hizo hombre y murió y resucitó por nosotros.
Desde de nuestro Bautismo dejamos de ser solo terrenales, y empezamos a ser también ciudadanos del Cielo, y tenemos que obrar de acuerdo al Espíritu de Dios que habita en nosotros.
Por eso, Jesús no duda en indicarnos cómo debemos actuar antes las personas que nos agreden, que nos maltratan, que nos golpean y que nos hacen daño:
“Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes”.
Nos pide que amemos a la manera de Dios, que nos ama con un amor gratuito, no porque hemos hecho el bien, sino porque somos pecadores. Por eso nos ha amado, ha muerto y nos ha dado toda su misericordia.
Con sus palabras exigentes: “Presten sin esperar recompensa… Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”, pareciera desde nuestra humana manera de pensar, que el Evangelio es injusto, como que solamente hay que pensar en el otro, por más malo y cruel que sea. ¿Y nosotros qué?, nos preguntamos.
Recordemos que Jesucristo experimentó la ingratitud, con todo lo que le hicimos, a pesar de que solo hizo el bien, y al final le gritaban: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Aun así, termina su vida diciendo: “¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”.
Cuando devolvemos el daño que nos hacen con el mismo daño, no se acaba el mal, sino que se acrecienta y se multiplica. Cuando perdonamos hacemos un bien, principalmente a nosotros mismos.
El que odia no le hace mal a su destinatario, sino a sí mismo, vive ocupado su ánimo, su espíritu, su mente y su corazón en el deseo de venganza. No es feliz. Cuando perdonamos, nos sanamos, nos liberamos.
De cualquier forma, nunca hay que olvidar la sentencia de que “con la misma medida que midamos, vamos a ser medidos”. Éste es el criterio para cumplir lo que quisiéramos que sucediera con nosotros.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
