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Contenidos generados por IA, una forma mal sana de entretenimiento

por Gabriela Ceja Ramirez
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Historias breves, inverosímiles y sentimentalistas diseñadas para provocar emoción inmediata, con producción fácil y consumo acrítico. Nuevas generaciones se habitúan a contenidos superficiales.

FABIÁN ACOSTA RICO / UNIVA

Dentro del arte existe una corriente que busca el preciosismo con exageración sentimental y mal gusto, visible en los típicos cuadros de perros vestidos jugando cartas o en el ya casi olvidado retrato del niño llorando pintado de payasito. Esta escuela tiene nombre: kitsch, definido por el semiótico italiano Umberto Eco como lo sublime fallido.

Uno de sus exponentes más conocidos es Mark Ryden, quien pinta niñas de estética coquette, infantilizadas y rodeadas de elementos absurdos: reuniones de té donde se corta carne como tablajera o escenas devocionales dirigidas a Abraham Lincoln.

Este surrealismo pop alcanzó gran difusión con la portada del álbum Dangerous, de Michael Jackson. Para los críticos, el kitsch representa una forma de decadencia estética que recorre los amplios territorios del mal gusto.

CURSI Y ABDURDO

Sin embargo, lo cursi y lo absurdo poseen atractivo para amplios sectores consumidores que hoy encuentran entretenimiento en Internet, donde el kitsch ha sido reemplazado por versiones aún más degradadas producidas mediante Inteligencia Artificial en forma de videos e imágenes basura.

La televisión ya había preparado el terreno con caricaturas como Cow and Chicken, I Am Weasel o SpongeBob SquarePants, que exploraban el absurdo y lo grotesco, aunque equilibrados con creatividad narrativa.

Hoy el fenómeno adopta nuevas formas en redes sociales mediante contenidos virales conocidos como Italian brainrot, responsables de personajes tan olvidables como tiburones con tenis o cocodrilos bombarderos acompañados de estribillos pegajosos.

Estos videos funcionan como comida chatarra digital: historias breves, inverosímiles y sentimentalistas diseñadas para provocar emoción inmediata. Un ejemplo recurrente muestra un avión que cae al mar y del que sobreviven un bebé y un gatito que, milagrosamente, salva al infante. Narrativas absurdas que ejemplifican perfectamente lo sublime fallido del kitsch, ahora sin pretensión artística.

SIN GRAN VALOR

Su valor informativo y formativo es prácticamente nulo; sólo buscan conmover sin propósito. Precisamente por su fácil consumo, su proliferación es inevitable. Antes, quienes crecimos viendo televisión podíamos elegir entre animaciones irreverentes de Nickelodeon o documentales del History Channel, cuando aún privilegiaba contenidos históricos. Hoy, en cambio, los algoritmos inundan Facebook, Instagram, YouTube y X con producciones automatizadas.

Si el consumo es sencillo, la producción también lo es. Basta introducir instrucciones básicas y dejar que la IA genere videos en serie. Lejos de alarmarse, los magnates tecnológicos celebran esta etapa. Mark Zuckerberg ha señalado que las redes sociales atraviesan su tercera fase: primero contenidos de amigos, luego creadores profesionales y ahora materiales producidos principalmente por IA.

La empresa Meta Platforms impulsa esta tendencia mediante herramientas de generación automática. Según Neal Mohan, director ejecutivo de YouTube, más de un millón de canales utilizan IA para crear contenido. La plataforma Kapwing estima que el 20% de los nuevos videos subidos son producciones de baja calidad generadas con estas herramientas.

Un ejemplo frecuente son animaciones con estructura narrativa repetitiva: un monito humanizado sufre una desgracia, es humillado, trabaja para superarse y finalmente alcanza un final feliz excesivamente sentimental. Su estética recuerda peluches digitales y relatos diseñados exclusivamente para el consumo rápido y emocional. El canal hindú Bandar Apna Dost acumula miles de millones de visualizaciones con este modelo, generando ganancias millonarias.

El problema es doble. Por un lado, los creadores pueden sustituir imaginación y esfuerzo por fórmulas automatizadas, empobreciendo la creatividad. Por otro, las audiencias —especialmente las nuevas generaciones— se habitúan a contenidos superficiales, formando un círculo vicioso entre producción fácil y consumo acrítico.

La Inteligencia Artificial, lejos de elevar el nivel cultural digital, corre el riesgo de consolidar una estética del entretenimiento vacío: un kitsch automatizado que convierte el ocio en una experiencia cada vez más pobre para la imaginación y la inteligencia.

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