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Cristo resignifica la muerte

por Michelle Fletes Rubio
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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

La muerte en el N.T. tiene su punto focal en la muerte de Jesús, cambiando ésta el significado y sentido. Ahora, participando de esa muerte también se puede participar de su vida inmortal y gloriosa.
El drama de la muerte comienza con el pecado de Adán (Rom 5,12- 17; 1Cor 15,21), por lo que todos los hombres mueren en Adán (1Cro 11,22). La fuerza de la muerte está en el pecado (1Cor 15,56), es su fruto, su término, su salario (Rom 6,16-23). Sin Cristo, la humanidad está sumergida en el poder de la muerte (Mt 4,16; Lc 1,79). Jesucristo para librarnos del dominio de la muerte, quiso primero hacer suya nuestra condición mortal. Su muerte no fue un accidente: la anunció (Mc 8,31; 9,31; 10,34; Jn 12,33; 18,32), la deseó (Lc 12,50; Mc 10,38). Aunque también le temía (Jn 12,27; 13, 21; Mc 14,33), suplicó al Padre que lo preservara de la muerte (Lc 22,42; Jn 12,27; Heb 5,7), pero fue obediente hasta la afrenta (Fil 2,8), para cumplir las Escrituras (Mt 26,54).
Asumiendo nuestra muerte por causa del pecado (2Cor 5,21; Gal 3,13), no quedó infecundo, como lo hace el grano caído en tierra (Jn 12,24).
Su muerte ya no es fruto del pecado, sino expiación por nosotros (Heb 9), dándonos así la prueba suprema de amor.
Ese “por nosotros” hemos de entenderlo más que en lugar nuestro, como para nuestro provecho, pues nos reconcilió

con Dios (Rom 5,10). Cristo venció a la muerte cuando ella parecía vencerle, penetró en el infierno como Señor, para salir victorioso, pues tiene la llave de la muerte y del Hades (Ap 1,18), la muerte ya no tiene poder sobre él (Rom 6,9).
A partir de la resurrección de Jesucristo cambia la relación entre el hombre y la muerte, pues al final quedará derrotada para siempre (1Cor 15,26.54). Cristo es cabeza, en su muerte morimos todos (2Cor 5,14). Los cristianos participamos simbólicamente, no por eso menos real, de la muerte de Cristo por medio del bautismo (Rom 6,3; Fil 3,10), de modo que se muere al pecado, al hombre viejo, a la carne, a la ley, a los elementos del mundo (Rom 6, 6.11; 8,10; Gal 2,19; Col 2,20; 1Pe 3,18), siendo esto una muerte a la muerte, pues por la fe y el bautismo estamos liberados de las obras muertas (Heb 6,1; 9,14), se ha pasado de la muerte a la vida (Jn 5,24) y, aunque se haya muerto, se vivirá (Jn 11,25). Si el cristiano muere como un mártir su sangre es libación, tiene el valor de un sacrificio puro a Dios, dando gloria y coronando de la vida (Fil 2,17; 1Tim 4,6; Jn 21,19; Ap 2,10;12,11). Así, la muerte de angustiosa necesidad ha pasado a ser objeto de bienaventuranza (Ap 14,13), la muerte es el triunfo de los justos, el reposo eterno, la luz sin fin que participa de la Luz que es Cristo Resucitado: Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis!

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