ADAPTACIÓN A ESCRITO DEL PADRE GLENM GÓMEZ ALVAREZ

La mañana del sábado 5 de julio pasado, en Cannobio—un apacible pueblo del norte de Italia—la ausencia del Padre Matteo Balzano en la Misa extrañó a su comunidad. Tenía apenas 35 años, acompañaba con dedicación a los jóvenes. Cuando lo fueron a buscar, su cuerpo fue hallado sin vida en el apartamento parroquial. Todo indica que fue una decisión extrema, silenciosa, trágica. Un gesto final que dejó atrás no solo tristeza, sino también interrogantes difíciles de plantear y un vacío imposible de llenar.
Pero este dolor no es aislado. En Brasil, entre 2016 y 2023, al menos 35 Sacerdotes y religiosos se quitaron la vida, según el Padre Lício Vale, investigador de la Universidad Federal de Santa Catarina. Las cifras inquietan. Jóvenes, en su mayoría.
Cada historia es única, pero el patrón es elocuente: el suicidio en el clero revela una herida que no debe ser cubierta por el silencio. Hay una necesidad pastoral que pide atender la salud integral del Presbítero. Porque estas muertes no solo nos hablan de sufrimiento individual, también nos interpelan a los demás clérigos: nuestro modo de acompañar, de cuidar y de escuchar.
Es necesario seguir desarrollando estructuras de acompañamiento emocional y espiritual para los Presbíteros (N.deR.: que en Guadalajara las hay), fomentar comunidades fraternas donde se pueda hablar sin temor, formar en habilidades afectivas y psíquicas, y promover una pastoral del cuidado que reconozca que también los pastores necesitan ser sostenidos.
DESDE EL SEMINARIO
En la etapa de formación, muchos futuros Sacerdotes podrían aprender que mostrar fragilidad puede ser peligroso. Los Seminaristas se pueden guiar por mostrarse fuertes, sin que, en realidad, lo sean. Si alguien expresa tristeza, confusión vocacional o necesidad afectiva, corre el riesgo de pensar que no es apto para el sacerdocio.
Dado el caso, el silencio no puede ser una estrategia de supervivencia. No tiene por qué pensar el Sacerdote que debe ser siempre autosuficiente, resiliente, centrado y poco humano.
En este contexto, la interioridad puede quedar atrapada entre la exigencia y el miedo. Se ora, sí. Se estudia filosofía y teología. Se sirve, pero también se debe hablar de los propios temores, más en este tiempo que los jóvenes tienen tantas opciones de vida, y muchas de ellas son frágiles y vacías, que solo los dejan más confundidos.
Los Seminaristas no deben ver en la dirección espiritual solo una formalidad y no debe de existir un vínculo real de confianza con los formadores.
No debe permitirse una cultura del silencio que afecte al Seminarista, si no que lo acompañe luego en su ministerio
LA SOLEDAD DEL MINISTERIO
La vida sacerdotal muchas veces se puede desarrollar en escenarios marcados por la soledad, en aislamiento físico y emocional. El Presbítero no debe temer a expresar fragilidades sin ser juzgado.
Ese modelo de ministerio puede convertirse en una trampa para la salud emocional. El Sacerdote puede estar expuesto a demandas espirituales, administrativas, pastorales, sociales, sin horarios ni pausas claras. Pero el mayor desgaste no proviene solo del exceso de tareas, sino de la ausencia de vínculos que sostengan, escuchen, acompañen.
El desgaste emocional y, posteriormente, quedar en estado vulnerable, se hace más fuerte cuando el Presbiterio se deja tentar por el demonio de la competitividad y la lucha por espacios de poder.
Que alguno busque ser nombrado Párroco de algún templo emblemático, otro que se esfuerce por caer bien en las
alturas, etc. Una competencia así, a veces maquillada con lenguaje pastoral, fragmenta el cuerpo presbiteral y empobrece la fraternidad.
El ministerio, en lugar de ser espacio de comunión, acaba siendo campo de batalla silencioso. Y cuando lo pastoral se mide en eficacia, número de seguidores, construcciones, eventos o éxito humano, no hay lugar para la fragilidad. La vulnerabilidad se esconde. El cansancio se disimula. El sufrimiento se calla. Hasta que el cuerpo —o el alma— no pueden más.

