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Cuando el campo también es territorio de mujeres

por Gabriela Ceja Ramirez
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CELINA MARÍA ZEPEDA GUTIÉRREZ

Desde la pequeña comunidad de San Jerónimo, en el municipio de San Martín de Hidalgo, la historia de Alicia Quintero Díaz, de 64 años de edad, es un testimonio vivo de que las mujeres pueden desempeñar oficios tradicionalmente considerados de hombres cuando caminan con fe, constancia y esperanza. Su vida, marcada por el trabajo en el campo y hoy por su entrega como sacristana, refleja cómo Dios nos llama a servir con los dones que Él mismo nos otorga.

“Mi papá, hombre de campo, se dedicaba a la agricultura, ganadería y porcicultura”, recuerda Alicia sobre su infancia. Creció en un entorno rural donde el trabajo era parte de la vida diaria y no existían límites impuestos por el género. “Éramos cinco hijos nada más y éramos solos en ese lugar. Entonces, como éramos una pequeña comunidad, mi papá nunca dijo que yo no podía hacer los trabajos de campo”.

ENTRE SURCOS Y MILPAS

Desde niña, Alicia aprendió que el esfuerzo se comparte. “No había diferencia de hombres y mujeres”, afirma. Aunque reconoce que había labores más pesadas, nunca se sintió excluida: “Por ser niña no debía, yo no me excluía de los trabajos del campo, era lo mismo”.

Cuando surgía la idea de que las mujeres eran más débiles, ella respondía con trabajo y determinación. “Tú tratabas de demostrar en ese momento… que tú eras más rápida, que tú eras más lista, que tú hacías las cosas mucho mejor”. Su padre reconocía cualidades propias que también fortalecían el trabajo agrícola: “Es que tú eres más limpia, más ordenada”, le decía.

Incluso frente a costumbres sociales que limitaban a las mujeres, Alicia decidió avanzar. Al recordar cuando asistía a la escuela acompañada de varones, comparte: “Yo le demostré a mi mamá que no pasaba nada, que como mujer tenía uno su lugar”.

EL CAMPO SIN FRONTERAS

Años más tarde después de casarse y dar vida a 6 hijos, su fortaleza fue puesta a prueba al trabajar en el campo en Estados Unidos, experiencia que describe: “Fue lo peor de mi vida trabajar en el file”. Jornadas intensas y trabajo duro marcaron esa etapa, pero también confirmaron la verdad: “en Estados Unidos no hay diferencia tampoco”.

Las exigencias eran las mismas para hombres y mujeres. “O te metes al surco, o lo haces, o no hay trabajo”, relata. A pesar del cansancio y la distancia con su familia continuó gracias al apoyo de sus hijos y de su esposo, quien se quedó a cargo de las labores del hogar.

DEL ESFUERZO DEL CAMPO AL SERVICIO DEL ALTAR

Sra. Alicia Quintero Díaz

Hoy, Alicia vive una etapa distinta, pero igualmente exigente: el servicio a Dios como sacristana en la capilla de El Calvario. Para ella no hay contradicción entre ambas vocaciones. “Servirle a Dios para mí es como una recompensa”, comparte. La fe ha sido el eje de toda su vida: “la fe es lo más importante para mí, porque yo cuando tengo fe estoy completa”.

Sus tareas son constantes y silenciosas: limpieza, preparación de los objetos litúrgicos, apoyo al sacerdote y cuidado del templo. Todo lo realiza con el mismo compromiso aprendido en el campo. “Yo siempre le pongo corazón a lo que estoy haciendo”.

Al ver su historia en retrospectiva, reconoce que tanto el trabajo agrícola como su servicio actual han sido caminos de encuentro con Dios: “Es una forma de ir purificando uno, su persona”.

Su mensaje para las mujeres es claro: “Con la fe y la esperanza que Dios nos dio, todo lo podemos hacer”.

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