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Cuando el lago clama,el pueblo ora

por Quetzali Hernández
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Una llamada al cuidado de la casa común

El 19 de diciembre de 1956, en una Misa cargada de gratitud y esperanza, el Canónigo José Ruiz Medrano elevó su voz a Dios a orillas del Lago de Chapala. Sus palabras brotaron del dolor de un pueblo que había visto secarse sus aguas y del asombro de una fe que, contra toda esperanza, fue escuchada. Aquella homilía no fue solo un recuerdo piadoso del pasado: sigue siendo hoy una palabra viva que interpela nuestra relación con la creación.

El Lago de Chapala no es únicamente un recurso natural. Es vida compartida, trabajo humilde, alimento cotidiano, belleza que eleva el espíritu. Cuando el lago se retiró, cuando las playas quedaron desnudas y los pescadores guardaron sus redes, algo más profundo se quebró: se resintió la armonía entre el ser humano, la tierra y Dios. Por eso la homilía habla no solo de sequía, sino de angustia, de temor y de una fe probada.

Ante esa realidad, el pueblo no se encerró en la desesperanza. Oró. Caminó con María. Confió. La Virgen de Zapopan fue llevada hasta las antiguas playas como Madre que escucha el clamor de sus hijos. Y en ese gesto sencillo, profundamente pastoral, se expresó una verdad que el Papa Francisco nos recuerdó en Laudato si’: la creación no es algo ajeno a nuestra fe, sino un espacio donde Dios nos habla y nos confía una misión.

Las lluvias llegaron. El lago volvió a la vida. Y el pueblo cantó. Pero la homilía deja entrever una enseñanza que no pierde vigencia: el milagro no es un punto de llegada, sino un llamado a la conversión. Porque la gratitud auténtica se traduce en cuidado, y la fe verdadera se expresa en responsabilidad.

El Papa Francisco nos invita a una conversión ecológica, que nace del corazón creyente y se concreta en gestos cotidianos: cuidar el agua, respetar la tierra, pensar en los pobres, educar a las nuevas generaciones en la sobriedad y el agradecimiento. Lo que aquel pueblo vivió en 1956, hoy lo estamos llamados a vivir con mayor conciencia y compromiso.

El Lago de Chapala sigue siendo una parábola para nuestra Diócesis. Nos recuerda que la creación puede sanar, pero también puede volver a sufrir si olvidamos nuestra misión de custodios. Nos enseña que Dios escucha el clamor de la tierra y de los pobres, pero espera de nosotros una respuesta fiel.

Que la memoria agradecida de aquel 19 de diciembre no se quede en el recuerdo. Que nos impulse hoy a vivir una pastoral del cuidado, donde fe y vida no se separen, donde la oración se traduzca en acciones concretas y donde aprendamos a mirar la creación como don, responsabilidad y camino de encuentro con Dios.

Porque cuidar la casa común es también cuidar el corazón del pueblo. Y en ese cuidado, María camina con nosotros.

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