Hermanas y hermanos en el Señor:
Seguimos preparándonos a la celebración de la Pascua, la fiesta más grande de nuestra fe, la fiesta de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, con el fin de no llegar a esos días indiferentes, sino para vivirlos plenamente.
Dios es para nosotros un Padre amoroso y misericordioso. Nunca quiere castigarnos, ni vengarse por nuestro mal comportamiento, sino que nos ofrece una nueva oportunidad para que cambiemos de vida, porque -para experimentar su misericordia- necesitamos convertirnos.
Con el tiempo, nos podemos formar una imagen equivocada de Él, pensando que es un ser despiadado, que solamente está esperando que cometamos un error para mandarnos un castigo, para cobrarse nuestro pecado.
Los acontecimientos dolorosos que nos suceden o sufren los demás no es para juzgar a nadie, ni para hacernos las víctimas, sino para que aprendamos de ellos, que aprovechemos la oportunidad de arrepentirnos, de cambiar de vida.
Porque a nosotros nos da por juzgar cuando a alguien le va mal o sufre un accidente. Lo que debemos concluir es que eso también a nosotros nos puede pasar, y si no cambiamos nuestra manera de comportarnos, Dios nos deja, aunque prefiere seguir dándonos una posibilidad de conversión
El Señor es el viñador de nuestra existencia que no viene a destruirnos, sino a alentarnos a mejorar nuestra vida. Él nos ofrece el abono, el riego, nos espera y nos da todo para que dejemos el mal.
Esto es experimentar ya la misericordia de Dios, Padre amoroso que no quiere nuestra condenación, sino que nos arrepintamos, que vivamos de acuerdo a nuestra dignidad, con la libertad de los hijos de Dios.
La conversión no es cosa fácil porque no consiste en meros actos aislados, sino que se necesita un reconocimiento cuando nuestra vida está desorientada, por otro rumbo, distinto al que Dios quiere.
La conversión implica que reorientemos nuestra vida de acuerdo al proyecto de Dios, a lo que su amor espera de nosotros, a la grandeza de nuestra dignidad de ser sus hijos. Convertirnos es reorientar nuestra vida, reconocer que muchas veces vamos por otro rumbo que ciertamente no nos dará ni la felicidad en este mundo ni la salvación eterna. Entonces, hay que reorientar. La conversión implica, además, que vivamos nuestra fe, no en la rutina, no como algo que es una herencia sin compromiso.
La verdadera fe es la construcción de un proyecto de vida como respuesta a los dones del Padre, a su amor. Es ir respondiéndole con nuestra manera de vivir, con nuestra manera de ser y de actuar de acuerdo a ese plan amoroso que Él tiene sobre cada uno.
De eso se trata esta Cuaresma, de que reorientemos nuestra vida al plan amoroso y misericordioso de Dios, que dejemos a un lado nuestros malos hábitos, nuestras malas actitudes que desdicen de nuestra dignidad y de nuestra libertad, y que volvamos a ser verdaderos hijos de tan digno Padre.
Demos un paso más en este camino cuaresmal. Con este pensamiento y con el encuentro con Cristo demos un paso más para experimentar el amor misericordioso de Dios, cambiando y reorientando nuestra vida a su plan amoroso y salvador.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
