PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
Si hace cincuenta años la Catedral de Guadalajara hubiese sufrido las injurias que acaba de recibir, toda la ciudad se habría convulsionado, algo que ahora no ha pasado, ¿por qué? ¿por el simple hecho de que la sociedad ha cambiado?
¿no será porque en esos cambios hemos perdido la identidad?
La Catedral supone por lo menos trescientos años de construcción, restauraciones, remodelaciones, lucha constante ante el daño de los elementos naturales como lluvias, rayos y terremotos, torres y cúpulas una y otra vez levantadas, saqueos y allanaciones en los tiempos difíciles de las guerras y las persecuciones, y una y otra vez la gente de estas tierras volvió a rescatar y renovar su catedral, esfuerzo físico e inversión económica de todos los habitantes de la extensa Audiencia de Guadalajara, porque la catedral era el símbolo de su identidad y de su cultura, y lo era para todo habitante sensato de esta ciudad.
Desde los tiempos prehistóricos hasta el presente, las piedras son de dos tipos, las funcionales y las simbólicas, las funcionales son sólo eso, piedras, las simbólicas tienen una representación, un valor, y por lo mismo merecen respeto.
Por su importancia y significado, por su singular arquitectura, el reglamento municipal de Guadalajara prohibía construir edificios que ocultaran esta valiosa obra tapatía por las cuatro direcciones del viento, aún esa norma se ha perdido y los edificios de la disque ciudad digital, ocultaron la panorámica de la catedral cuando se viene desde el oriente por la calle de Industria. Por éstas y por las
otras, los taxistas dejaron de usar las muy famosas torres de esta gran iglesia como “logo” que identificaba a Guadalajara en sus unidades, y de pronto, fue la estatua de la Minerva el nuevo símbolo de identidad tapatía, como si la identidad fuese algo que se puede inventar o imponer. Sabemos quiénes han estado detrás de esta agresiva campaña en contra de la catedral, y que lleva ya dos sexenios operando, con la anuencia de las autoridades que debieran velar por la salvaguarda del patrimonio, al margen de cualquier creencia.
Sin embargo lo más preocupante es que esta pérdida de identidad católica y específicamente diocesana es un fenómeno que puede apreciarse en diversas realidades, y que explica el que a final de cuentas a nadie le importe lo que pase con este edificio o con cualquier otro símbolo de nuestra Iglesia; ignoro si la catequesis, o cualquier otro medio de formación, abonan a la conservación y transmisión de nuestra muy específica y eclesial identidad, pero salta a la vista que tenemos en este asunto un gran pendiente.
No es fácil vivir sin una identidad clara y positiva, mucho menos lanzar o sostener proyectos de largo alcance, se nos ha olvidado que “actuamos de acuerdo a lo que creemos ser”, de lo contrario nos convertimos en una instancia ofertadora de servicios religiosos, carente de personalidad y de sentido, porque carece de identidad definida.
armando.gon@univa.mx
