Laura Castro Golarte
Antes del estallamiento de las revoluciones china y rusa, ya operaban partidos políticos en ambas naciones, específicamente el Partido Comunista que se encargó, en cada caso, de materializar el resultado de los movimientos, es decir, de dar estructura y destino a la agenda social que estaba en la base de las demandas revolucionarias.
En México no fue así. Si bien la Revolución Mexicana fue una revolución social y triunfante porque logró derrotar al porfiriato, convertirla en un movimiento exitoso requería una institución, una estructura que soportara las características y requerimientos de un nuevo régimen. Sin embargo, no hubo un partido que de manera previa la impulsara, hubo varios, distantes ideológicamente que, al final, no prosperaron.
La institución que se requería para construir la base social de una nueva realidad política en México cuando terminó el porfiriato, en realidad se fundó hasta 1929 con la creación del Partido Nacional Revolucionario. Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles tuvieron esa visión y ambos sentaron las bases del sistema político mexicano tal y como lo conocemos hoy, incluido el sistema de partidos.
El historiador Luis Medina Peña lo explica: “La salida a la inestabilidad política se encontraría en la creación de un mecanismo político partidista que convocara y reuniera a todas las fuerzas políticas identificadas con los objetivos de la Revolución. Un gran partido de la Revolución que permitiera el arbitraje político, pero que de paso alentara la agregación de las fuerzas políticas y sociales que surgían de los estados, y que conformaban ya una realidad cualitativamente diferente a la tradicional que había dado sustento al Porfiriato (2004, p. 256).
Después de la derrota de Victoriano Huerta, para lo que se unieron todas las fuerzas políticas y revolucionarias del país, se convocó a la Convención de Aguascalientes a partir de la cual se desató otra guerra civil cuando Pancho Villa y Emiliano Zapata desconocieron a Venustiano Carranza.
Esta es una parte, por cierto, poco estudiada quizá dada su complejidad, pero fue en estas circunstancias que Álvaro Obregón decidió apoyar a los constitucionalistas con planes e ideas muy precisas, de hecho, conformó la Confederación Revolucionaria con el propósito en mente de fundar un “gran partido de la Revolución” que se convirtiera en su base de apoyo político con miras a cristalizar sus ambiciones ya presidenciales, para mayores señas.
A esa confederación pertenecían, entre otros, Alberto Pani, Roque Estrada y Rafael Zurbarán, además de Obregón, claro está. Sus perfiles encajaban con las necesidades de lo que sería próximamente un trabajo parlamentario-constituyente. Y Obregón quería impulsar los temas sociales revolucionarios, casi una condición por el apoyo militar otorgado a Carranza. ¿Cuáles eran estos asuntos prioritarios para esta confederación que luego se convirtió en el Partido Liberal Constitucionalista? Sufragio efectivo, no reelección, reforma agraria, protección de los derechos de los trabajadores, seguridad social, justicia, separación de poderes, soberanía de los estados y autonomía municipal.
Nada más y nada menos, de seguro todos estos conceptos nos suenan.
El avance de Obregón fue contundente y Carranza se sintió amenazado, de manera que en cuanto fue electo este último, se deshizo de Obregón, pero no para siempre. Poco años después se promulgaría el Plan de Agua Prieta con las consecuencias que, por lo general, sí conocemos.
¿A qué voy con todo esto? A que el mismo Partido Nacional Revolucionario que fundó otro sonorense en 1929, identificado como el antecedente del PRI, tuvo un origen en las pretensiones políticas de Obregón quien, al impulsar lo que hoy llamaríamos agenda social, con el apoyo a obreros y campesinos para decirlo clara y directamente, en realidad estaba construyendo sus bases de apoyo para cuando llegara el momento de la justa electoral como, de hecho, sucedió.
¿Qué vieron Obregón y luego Calles? El poder social de los trabajadores y de los hombres del campo que a su vez se manifestaron conscientes de tal poder, de lo que habían logrado en la Revolución Mexicana, de su capacidad de organización y de convocatoria, de sus posibilidades para lograr beneficios gremiales y de la oportunidad de acceder a posiciones de poder político directamente a través de su operación y alianza con líderes como los sonorenses.
Después del asesinato de Venustiano Carranza, quien tuvo que salir de la Ciudad de México por el avance del Plan de Agua Prieta, Adolfo de la Huerta asumió un interinato que permitió controlar a los militares que se manifestaban un día sí y otro también en distintas partes de la República. Se llegó a acuerdos y fue posible convocar a elecciones de las que resultó ganador uno de los sonorenses que ya tenía muchos años alimentando, desde estructuras partidistas, sus bases de apoyo, Álvaro Obregón. Continuará…


