Laura Castro Golarte

Nos quedamos en 1968. Es ya la cuarta entrega de este tema que está imbricado en la sociedad mexicana de muchas maneras; aun cuando hay millones de ciudadanos alejados de la política electoral por decisión propia, por desinterés, mexicanos que no acuden a las urnas porque no quieren, los resultados de las elecciones nos afectan a todos porque los que llegan al gobierno por los sufragios mayoritarios, toman decisiones o no, que repercuten en todos los ámbitos de la vida nacional: economía, salud, educación, seguridad, leyes, justicia.
El sistema de partidos en México, aunque se identifica así, un nombre rimbombante, lo cierto es que nació y se construyó sobre los cimientos de uno solo, el PRI. La conformación de la cultura política en nuestro país se fue tejiendo alrededor de un partido que se metió en las clases trabajadoras, en las campesinas, en las populares, en las burocracias, con los sindicatos de maestros, de electricistas, de petroleros, con las centrales obreras y sus líderes, los de las mesas directivas que luego se convertían en diputados, senadores y funcionarios de sucesivos gobiernos de todos los órdenes y todos los niveles.
El PRI era la puerta que tocaban los mexicanos y mexicanas que querían un puesto en alguna oficina, un cargo de elección popular, una plaza de maestro o maestra, una plaza en Petróleos Mexicanos o en la CFE; la recomendación para los hijos y los yernos y las nueras; y luego las herencias de las plazas y los pases directos.
Los sucesivos gobiernos priistas alimentaron lealtades que no eran nada fáciles de romper, con todo y que a veces había “injusticias”, desplazamientos, avasallamientos, abusos, grillas por supuesto, políticos más influyentes que otros, la voluntad del más fuerte; pero si se disciplinaban en caso de no ser favorecidos en un sexenio o en un trienio, quizá llegaría a la “grande” el amigo del amigo del papá y se volvería a ocupar un puesto, más chico o más grande, más o menos importante, en el inconmensurable universo de las administraciones públicas municipales, estatales y la federal, más los puestos y cotos de poder en el Judicial y en el Legislativo, todos orientados hacia el Ejecutivo y el mandamás en turno.
Como diría el clásico, todo esto para los jóvenes, que no tienen noticia de cómo operaba ese sistema de partidos que luego se consolidó, paradójicamente, en la medida en que se impulsaron reformas desde la oposición para mejorar las leyes electorales y la organización de las elecciones, sin fraudes ni sistemas frágiles. Se abrió a la participación de otros partidos. Algunos, pocos, se lo tomaron en serio, y los más, vieron la política electoral como el modus vivendi para sus familias; ¿cómo rechazar el abundante presupuesto designado para los partidos dotado por los impuestos que todos pagamos? Empezó a resultar fácil ver bien para dónde iban los vientos, acomodarse y no perder el registro.
A partir de 1968 las cosas empezaron a cambiar porque la sociedad en su conjunto exigía, cada vez con más fuerza, reformas que atajaran el auge del autoritarismo impune de los gobiernos priistas. No fue fácil, ni rápido, ni terso. Hubo violencia, represión y persecuciones. Se podría decir que fue de 1988 en adelante, justo por la caída del sistema y cuando México se abría al mundo en términos de economía y comercio internacional después de años de proteccionismo, que los cambios se aceleraron y la participación de los partidos políticos de todos los colores se incrementó. Nos familiarizamos con términos como “concertacesión” y alternancia, y con las reformas electorales una tras otra
El partido más antiguo ganó sus primeras elecciones y el PRI perdió también las primeras. Surgió el Frente Democrático Nacional, nacido de una corriente escindida del PRI (el PRI en la base) y poco tiempo después se fundó el Partido de la Revolución Democrática. El Partido del Trabajo ya existía, lo mismo que el Verde, y otros aparecían y desaparecían si no lograban los votos suficientes. Alianzas y coaliciones se convirtieron en conceptos conocidos, recurrentes, y supimos que eran la fórmula ideal para no decirle adiós al modus vivendi y/o modus operandi de la clase política nacional.
El PRI es la estructura que da sustento a todos los demás partidos, incluido el PAN que nació por las decisiones que tomaron los que dentro de unos años ya serían identificados como priistas. Se fue construyendo una manera de funcionar hacia el interior de los partidos y los gobiernos que, como ya describí, alcanzó a miles y miles de familias mexicanas en un sentido o en otro, a favor o en contra, para bien o para mal. Continuará…

