Laura Castro Golarte

Es complicado y no habrá cambios estructurales que se noten, sino hasta dentro de unas décadas, siempre y cuando el actual partido en el poder, Morena, se decide ya a romper patrones y atavismos, prácticas anquilosadas e inercias que jalan fuerte, son persistentes y perniciosas. Se notan, lo sabemos, lo vemos, lo constatamos un día sí y otro también.
A reserva de volver a este asunto que planteo, literal, de entrada, es importante considerar que, hacia finales del Siglo XX, la caída del PRI ya se veía venir desde hacía tiempo. Me referí ya a 1988 como un año crucial, 20 años después de ¿Qué pasó en ese corto periodo de dos décadas?
En 1968 se podría decir que inició un despertar doloroso de la sociedad mexicana con las brutales agresiones del Estado mexicano contra sus estudiantes; la represión criminal y asesina de los gobernantes en turno incluso cimbró a las leales y apagadas burocracias que apoyaron el movimiento estudiantil.
Con la rapidez de un bólido, el sistema en el poder trató de recomponerse y en una parte lo logró (nadie quería más muertes) al cooptar a antiguos activistas o desaparecerlos, encarcelarlos, arrojarlos al mar. Sin embargo, los problemas superaron las maniobras del PRI que se mantenía en el poder gracias a fraudes cada vez más burdos y grotescos; o al “diseño” de reformas electorales dizque para que la diversidad cultural y política de México estuviera representada.
A 20 años de distancia, con un PRI dividido, una sociedad harta, la gente salió a votar por una opción distinta y se cometió el más grande fraude hasta ese entonces, conocido por todos como “la caída del sistema”. Los contendientes eran el prototipo y adalid del neoliberalismo Carlos Salinas de Gortari, tecnócrata y priista de alcurnia; el expriista hijo del que aún ahora, por muchos, es considerado el mejor presidente de México en el siglo XX, Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc, quien intentó renovar al PRI pero tuvo que salirse porque fue imposible; Manuel J. Clouthier, empresario, abanderado por el PAN, con un carisma impresionante, y la emblemática Rosario Ibarra de Piedra, luchadora incansable, de las primeras madres buscadoras, postulada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
Se consumó el fraude, aunque, a partir de un proceso que fue observado y juzgado por el mundo, las reformas electorales comenzaron a tener sentido. Llegó el momento de la ciudadanización del órgano electoral; la apertura a los nuevos partidos con el cambio de reglas para buscar el registro; la continuación de la idea de los escaños plurinominales como la única vía para que partidos distintos al PRI llegaran, sobre todo, al Poder Legislativo. Y, después de una concertación en Guanajuato, en tiempos de Salinas, el primer triunfo panista en una gubernatura: Baja California.
Con todo, el sistema de partidos como tal, lejos de experimentar algún tipo de purga o depuración, empezó a sufrir una especie de “cáncer” surgido en el seno del PRI, con una metástasis que alcanzó, más tarde o más temprano, a uno y a otro y a otro partido. El primero en caer fue el mismo PAN; se invadió muy pronto.
En la que se pensaba sería la última administración priista, se urdió y aprobó el gran atraco contra los mexicanos conocido como Fobaproa, con el aval del PRI por supuesto, pero también del PAN. Eso, más los magnicidios de pocos años antes; la violencia en Chiapas, el ascenso del crimen organizado, específicamente del narcotráfico; las sucesivas crisis económicas; las fallas recurrentes del sistema y del PRI en particular; las promesas no cumplidas, la reiteración de los engaños, los robos, los enriquecimientos inexplicables, las ardillas en los Pinos, el tráfico de influencias, la manipulación de los poderes, la pobreza extrema, la desigualdad, todo, todo, encontró una vía de escape hacía más de lo mismo y empeorando, con la derrota del partido hegemónico después de más de 70 años en 2000 y el triunfo de un panista que mantuvo la falsedad, los engaños y las promesas no cumplidas.
Esta descomposición de los partidos que no fue sólo interna, sino que trascendió a la operación y a los actos de gobierno de los que llegaban a puestos de elección popular, dio paso al surgimiento de otros partidos y distintas formas; aquí vuelvo al punto inicial.
En este contexto nació Morena, ya en el siglo XXI, y hasta ahora ha representado una manera diferente de practicar la política, sin embargo, está a un paso y quizá no muy grande, de ser alcanzado por ese cáncer que ha carcomido desde sus raíces al sistema de partidos en México. Es el momento de romper patrones, inercias, prácticas perversas. Si no lo hacen ya, entonces sí estaremos, una vez más, ante un panorama verdaderamente desalentador con Yunes, Adanes, Monreales y ejemplares por el estilo que, desde adentro, hasta parece que están inoculando el cáncer. ¿Fin?

