Laura Castro Golarte

Es un gran tema difícilmente abarcable en una columna o en varias, sin embargo, se trata de un asunto que ha sido fundamental a lo largo de la historia de México como país independiente. Hoy, los partidos políticos conforman un sistema sui generis, reconocido así en el mundo por estudiosos de las ciencias políticas.
El surgimiento, la evolución y el desarrollo de estas instituciones a partir de la consumación de la independencia son por demás interesantes. Profundizar un poco en su historia nos llevaría a reconocer, de entrada, que la polarización política no es un fenómeno reciente. Después del fin del movimiento que inició Miguel Hidalgo, cuando ascendió al poder Agustín de Iturbide, los hombres en el poder que habían desempeñado diversos papeles en la guerra se ubicaron en posiciones encontradas.
En aquellos primeros años y como un signo que se identifica como propio de una sociedad moderna, surgieron grupos asociados a ideologías vinculadas a formas de gobierno muy específicas: imperialistas y republicanos. En el caso de los primeros hubo por lo menos dos divisiones: iturbidistas y borbonistas; y del lado de los republicanos, dos también: centralistas y federalistas. En este amplio espectro y en cada una de las facciones había moderados y radicales.
Estamos básicamente hablando de los primeros cuatro años del México independiente, entre 1821 y 1824, cuando pasamos de un primer y efímero imperio, a una primera y efímera también, en realidad, república federal.
Al poco tiempo, una vez constituido el sistema de gobierno con la constitución promulgada el 4 de octubre de 1824, los grupos políticos citados mutaron y empezaron a ser identificados como yorkinos y escoceses en una abierta y clara alusión a los ritos masónicos a los que pertenecían los políticos en funciones en aquellos años; y operaban en el seno del Poder Legislativo. Es decir, los diputados y senadores eran o yorkinos o escoceses con exponentes radicales y moderados en ambas facciones.
Diversos contextos, circunstancias y coyunturas en aquellos años, llevaron a prohibir la actuación de logias masónicas en la vida pública, en la política expresamente, de manera que los que eran masones del rito escocés eran los conservadores; y los del rito yorkino, los liberales. Para cuando se llegó a estos partidos en pugna, ya habían tenido lugar las luchas que dividieron a los republicanos en centralistas y federalistas mientras la estabilidad del recién estrenado como país independiente era precaria, inestable, sujeta a vaivenes políticos, guerras internas y constantes y abusivas amenazas colonizadoras de los grandes imperios europeos.
Prácticamente se nos fue el siglo XIX mientras la clase política, que empezó a desarrollar una cultura peculiar, jalaba por un proyecto de nación o por otro con tales niveles de insensatez y conservadurismo extremo, que se llegó al punto de traer de Europa a un emperador para que se encargara del destino de México; el segundo imperio, efímero también.
Todavía no se integraban partidos como los conocemos ahora. Tuvieron que pasar algunos años para la constitución, por ejemplo, de dos partidos que apoyaban la candidatura de Sebastián Lerdo de Tejada, en las elecciones que ganó Benito Juárez. En 1871 empezaron a operar el Partido Radical de Tabasco y el Partido Republicano Progresista. Ya en estos tiempos, con el triunfo de los liberales, entre los que se incluía Porfirio Díaz, las facciones y los grupos eran otros: civiles Vs. militares.
Salvo la unión de líderes políticos en tres momentos del siglo XIX (la consumación de la Independencia; el Plan de Ayutla para deshacerse de una vez y para siempre de Antonio López de Santa Anna y el triunfo de la república sobre el imperio francés en 1867), en ninguna otra circunstancia, dejando a un lado la etapa porfirista, hubo una clara unión entre las fuerzas políticas que tenían el control de la nación.
Ya en el porfiriato la fundación de partidos políticos empezó de menos a más de manera extraordinaria; de oposición tenemos la Unión Liberal, el Partido Liberal de Camilo Arriaga y el Partido Liberal Mexicano de los hermanos Flores Magón; el Partido Antirreeleccionista de Madero y los hermanos Vázquez, entre otros; y los partidos Católico Nacional y Nacional Independiente que se fundaron en 1911. Y entre los porfiristas: Círculo Nacional Porfirista, Partido Democrático y Partido Reeleccionista, tal cual.
Con estos institutos creados en la primera década del siglo XX terminó una etapa que, como se puede ver aunque sea someramente, es emblemática y muy significativa como para ubicar los orígenes del sistema político mexicano que estaba por aparecer en escena después de la Revolución mexicana. Continuará…

