Víctor Ulín

Ahora Daniel Hernández Ibarra sabe que unos días después del 15 de mayo en que ocurrieron los hechos que fueron grabados, las redes sociales y los medios digitales informaron de su muerte.
La imagen del guardia de seguridad en el vídeo golpeándolo con un termo de metal en la cabeza hasta dejarlo inconsciente se viralizó en unos cuantos minutos.
Lo que supimos casi con certeza en ese momento es que Daniel había sido trasladado a un hospital en estado de gravedad y se esperaba lo peor. Un traumatismo craneoencefálico no es cualquier cosa. Su vida pendía de las manos de los médicos que lo atendieron en el Antiguo Hospital Civil de Guadalajara.
Para los medios digitales que no alcanzaban a tener una versión clara de los hechos más allá del vídeo que fue difundido posteriormente, Daniel había fallecido camino al hospital o en el mismo.
La confusión sobre lo sucedido predominó durante varios días y el desenlace que ahora conocemos por los medios de comunicación, confirmó la verdad. Lo que pasó con Daniel tras ser atendido por los médicos.
Las autoridades judiciales tomaron conocimiento de los hechos y hasta el momento en que escribimos esta historia el agresor de Daniel sigue prófugo, a salto de mata (circuló un video de una persona rechazando ser el agresor y solicitando que lo dejaran en paz y a su familia).
De pronto, dejamos de leer en las redes y en los medios sobre el caso y más sobre la eventual condición de salud de Daniel, el chófer de la ruta T-11, que tuvo un percance y cuya unidad se detuvo en el cruce de la Avenida Lázaro Cárdenas y la calle Mandarina de Guadalajara.
Esa parada fue la que provocó que el guardia de seguridad enfureciera y lo atacara sin compasión y sin razón. Daniel no tuvo ninguna culpa. No podía pasar por encima de los demás vehículos que permanecían igual, aparcados.
El agresor que perdió su empleo en la empresa de seguridad y una familia que no podrá ver en mucho tiempo mientras ande prófugo, no se detuvo un instante a pensar las consecuencias de su acto. Él también fue una víctima. Está a punto de perder su libertad, lo más preciado para cualquiera. No seremos los jueces. Pero tampoco podemos consentir un linchamiento físico o digital en su contra. Ninguno de nosotros sabe nada de él, ni lo sabremos.
En un Estado como el nuestro, que atraviesa una crisis profunda, hay que dejar que las leyes sean aplicadas cuidando el debido proceso. Sin leyes, la barbarie que ya campea haría un festín con nosotros.
El vídeo nos muestra sentados en el autobús observando solo lo que pasaba. Nadie le gritó o intentó impedir que el agresor dejara de golpear a Daniel en la cabeza.
Le pasó a Daniel y podría pasarnos a cualquiera de nosotros en un autobús o caminando en el Centro de la Ciudad. Nadie está exento de la violencia que está metida en el tuétano de una sociedad que hay que sanear moral y espiritualmente, so pena de que la próxima víctima seamos nosotros.
Es recuperar la conciencia que la sociedad de consumo ha enajenado, anulado, así como se baja o apaga el interruptor de la luz. Tenemos que volver a ver. A sentir. No importa que andemos -como muchos jóvenes- con los audífonos metidos en nuestras orejas o mirando los videos del Tiktok que nos distraen mientras la vida nos pasa.
Tenemos que mirar al otro, insisto. Recuperar la compasión y la solidaridad que hemos venido perdiendo sin darnos cuenta y volviéndonos en robots que solo trabajan, comen, duermen y se reproducen, mientras la Inteligencia Artificial llena los vacíos y nuestros vacíos.
Tenemos que experimentar más seguido la alegría de lo bueno que le pasa al otro, y más si se trata de que una vida en peligro haya sido salvada por los médicos.
Daniel no murió aquél 15 de mayo, cuando los golpes del termo que le propinó el guardia de seguridad lo dejaron inconsciente y traumatizado. Los médicos hicieron su trabajo como lo hacen todos los días: con inteligencia y mucha fe. Lo salvaron. Daniel volvió a casa con su familia. Nunca estuvo muerto.
