MICHELLE FLETES

Con humildad, fe y un profundo sentido de servicio, José Solorio Hernández, de 67 años, recuerda con gratitud los más de 23 años que dedicó a promover el Semanario, no desde un templo, sino desde el volante de su camión, donde convirtió su trabajo cotidiano en un verdadero apostolado.
Desde niño, el Sr. José sintió una fuerte inclinación por la vida de fe, creció con el deseo de servir en la Iglesia. Ya casado, junto a su esposa e hijos asistía fielmente a Misa, donde conoció el Semanario, apenas en su segunda edición.
Atraído por su contenido y su mensaje, providencialmente, encontró una invitación a convertirse en promotor: “Yo le pedí al Señor en un retiro que me diera una manera de acercar a la gente a Él, y días después, en el periódico, vi el anuncio: Ayúdanos a difundir la Buena Nueva. Supe que esa era mi respuesta”, recordó conmovido.
EVANGELIZAR DESDE EL VOLANTE
Así comenzó una historia que trascendió los muros de las Parroquias Aunque en un principio le dijeron que el periódico debía venderse solo en Templos, el Sr. José insistió en que el mensaje debía llegar también “a la gente del mundo”, especialmente a sus compañeros choferes.
“Me decían que los camioneros eran mal hablados, mujeriegos, pero yo pensaba: justamente allí es donde más se necesita evangelizar”, comentó, recordando aquella vez que pisó por primera vez las instalaciones de Semanario, donde lo recibió el Pbro. Pedro Rodríguez González.
Con esa convicción, comenzó repartiendo diez ejemplares semanales, luego quince, y pronto llegó a distribuir hasta noventa periódicos entre conductores, pasajeros y compañeros de ruta. En los sindicatos de trabajadores de transporte público consiguió salones para compartir lecturas bíblicas y reflexionar sobre los mensajes del Evangelio. “Era bonito ver cómo muchos se interesaban por lo que antes ignoraban”, mencionó.
El Sr. Solorio resaltó que no faltaron críticas ni malentendidos, algunos pensaban que obtenía beneficios personales, pero él siempre aclaró que su único propósito era servir a Dios; con creatividad, incluso colocaba ejemplares y calcomanías del Semanario en sus unidades de transporte: “La gente veía la portada mientras subía al camión; así también se evangeliza y lo obtenían”.
Su entusiasmo inspiró a otros choferes a unirse, algunos colocaban también calcomanías del Semanario en sus camiones y otros lo distribuían entre pasajeros, el Sr. José Solorio convirtió las rutas urbanas en espacios de encuentro con la fe.
UN LEGADO QUE PERMANECE
Durante la pandemia, su labor, como la de muchos, se vio afectada, las restricciones detuvieron la distribución y coincidieron con su jubilación, sin embargo, el señor José nunca abandonó su compromiso. “El Semanario es un alimento espiritual. Aunque ya no lo vendo como antes, sigo promoviendo su lectura y apoyando cuando puedo”, a rma.
Su testimonio es el re ejo de una fe activa que no se conforma con asistir a Misa, sino que busca transformar los espacios cotidianos en lugares de encuentro con Dios. Hoy, los camiones que alguna vez llevaron en sus ventanas las calcomanías del Semanario son memoria viva de un hombre que creyó en la evangelización sobre ruedas.
