
Juan Diego Blas Ochoa, 2º de Filosofía
La Semana Santa no es solamente el recuerdo de los últimos días del Señor; es también una escuela viva donde el corazón del futuro sacerdote aprende de nuevo qué significa seguir a Cristo, Buen Pastor. Para quienes nos preparamos en el Seminario, estos Días Santos no se viven como una simple conmemoración exterior, sino como un itinerario interior: de la aclamación del Domingo de Ramos al silencio del sepulcro, y del sepulcro a la Gloria de la Pascua.
NO SE TRATA DE “LIKES”
El Domingo de Ramos nos coloca ante una primera enseñanza. Cristo entra en Jerusalén entre cantos y alabanzas, pero sabe que ese mismo pueblo pronto gritará “¡Crucifícalo!”. Descubrimos aquí una verdad decisiva: el sacerdote no debe buscar el aplauso, sino la fidelidad. El Pastor verdadero no mide su entrega por la aceptación de la multitud, sino por la obediencia amorosa a la voluntad del Padre. También nosotros hemos de aprender a caminar con Cristo cuando hay consuelo, pero más aún cuando llega la incomprensión, la aridez o la soledad.
El Jueves Santo tiene para nosotros un resplandor singular. En la Última Cena contemplamos el don de la Eucaristía y del sacerdocio. Ahí el Señor no sólo se queda sacramentalmente con su Iglesia, sino que muestra el modo concreto de ejercer toda autoridad: lavando los pies.
Entendemos entonces que el sacerdocio no es privilegio ni honor mundano, sino oblación y servicio. Quien un día quiera tomar en sus manos el Cuerpo de Cristo, debe antes dejar que Cristo purifique sus propias manos y su propio corazón. Sin humildad, no hay verdadero ministerio.
SER LOS OTROS CRISTOS
El Viernes Santo nos conduce al centro del misterio. En la Cruz, Cristo aparece despojado de todo, y precisamente así se revela como Pastor que da la vida por sus ovejas. Para quien discierne la vocación sacerdotal, la Cruz no es un accidente del camino, sino su forma más profunda. El sacerdote está llamado a amar hasta el extremo, a permanecer, a interceder, a ofrecerse con Cristo por el pueblo que se le confía. No se pertenece a sí mismo; su vida adquiere sentido en la medida en que se vuelve don.
El Sábado Santo enseña el silencio, la espera y la fe desnuda. Muchas veces el ministerio tendrá algo de esa jornada: sembrar sin ver, acompañar en la oscuridad, sostener la esperanza de otros cuando todo parece callado. Allí María se vuelve maestra del corazón sacerdotal que persevera.
Finalmente, la Pascua proclama que el amor de Cristo ha vencido. El Pastor vive, y en Él toda entrega encuentra fecundidad. Para nosotros seminaristas, vivir la Semana Santa es dejarse configurar más hondamente con ese Cristo que sirve, se ofrece, muere y resucita. De Ramos a la Pascua, el camino del Pastor es también el camino de quien desea, un día, mostrar el rostro de Cristo ante el mundo.
