PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
En algún momento de nuestra historia, la palabra inocente se volvió sinónimo de ingenuo, y más propiamente, de tonto.
¿A usted le gusta hacer inocentes a los demás? A veces, más que cuestión de gustos, acaba siendo cuestión de mañas, y nos dedicamos a engañar a medio mundo alterando precios, medidas, tiempos, marcas, y todo cuanto se pueda modificar en provecho propio.
También nos han hecho inocentes muchas veces enseñándonos historias falsas, fantasiosas, o manipuladas para obtener de nosotros tales o cuales actitudes o decisiones, o hasta por nuestro bien, porque “ojos que no ven, corazón que no sufre”, o “cerebro que no piensa, ni sufre ni pena”.
¿A usted le gusta que lo hagan inocente? Pues por increíble que parezca, a mucha gente sí, “cuénteme cosas bonitas, aunque no sean ciertas”, “dígame que todo va bien, aunque mañana quebremos”, o “que estoy sano, aunque me esté muriendo”. A veces, hacernos los inocentes puede tener un efecto tranquilizador, pero en otras ocasiones el efecto es destructivo, pues al ocultarme la verdad, o admitir que me la oculten, dejo también de hacer lo que podía para enfrentarla y mejorarla.
Curiosamente ha sido una tradición social hacer inocentes a los niños, más antes que ahora: decirles que el Niño Dios, Santa Claus o los Reyes Magos les traen juguetes y que, cuando descubran que no es así, pues que se las arreglen como puedan, cuando hoy día bastaría con decirles que, si no fuera por el Niño Dios que socorre a sus papás, pues no habría regalos.
La vieja conseja de que a los niños los trae la cigüeña, pues se creyó por muchos siglos y hasta cierta edad; hoy en día no es lo común, pero ¿por qué hacerlos inocentes con esas ecológicas historias?
Nuestra historia “patria” abunda en estas falsas historias, edulcoradas, ideologizadas, exageradas, o simplemente inventadas, pero que se crearon para edificar a los oyentes y fomentar el amor, la unidad y la independencia nacional, a fin de cuentas, ¿quién se iba a poner a averiguar?
Fue un acto heroico de profunda honestidad cuando la Iglesia, después del Concilio Vaticano II, decidió depurar el santoral, excluyendo del culto a los santos que carecían de papeles, lo cual, sin embargo no ha impedido nuevas infilltraciones, volviendo a ponernos en el drama de hacer inocentes a los demás, o dejar que nos hagan inocentes, con las consecuencias que se pueden esperar.
La verdad es que fuera de algunas excepciones discutibles, hacer inocentes a los demás con el tema que sea, nos expone a enfrentar el justo reclamo de los inocentes, cuando éstos dejando ese feliz estado, maduran y se dan cuenta del engaño sufrido, pues la crisis que se les provoca suele arrasar no sólo con lo que falsamente creyeron, sino hasta con lo que legítimamente se les inculcó. ¿Podemos asumir esa grave responsabilidad? De todos modos, esté atento, en México todos los días son día de los inocentes.
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