Alfredo Arnold

El viernes pasado se celebró el Día de los Novios, una fiesta antiquísima que, como sucede con casi todo, ha variado de acuerdo a las circunstancias y costumbres de cada época. Día del Amor y la Amistad es un término mucho más amplio, menos comprometedor y abarca a un número bastante más amplio de personas.
También se le conoce aún como Día de San Valentín, que es el nombre original de la festividad.
San Valentín fue un médico y Obispo de Roma en la temprana era del cristianismo. Nació en el año 175 en Roma y murió decapitado en el 269, acusado de casar a soldados que, por la naturaleza de su peligroso trabajo, les estaba prohibida la vida conyugal. Fue canonizado en el año 494 y es venerado por las Iglesias Ortodoxa, Luterana y Anglicana.
El culto a san Valentín se ha extendido mundialmente, aunque el origen cristiano de la celebración se ha olvidado casi por completo
En 1969, durante el Concilio Vaticano II, fue “descontinuado” por el Concilio Vaticano II, pero no ha sido borrado del martirologio, por lo que la Iglesia Católica sigue aceptando que se le dé culto.
Con la fecha del 14 de febrero ocurre algo parecido a la Navidad, que es festejada prácticamente en todo el mundo, aunque su sentido histórico y religioso queda en segundo término si no es que completamente ausente.
Entre la sociedad se ha ido desvinculando la original de idea de noviazgo-matrimonio. Hoy en día, la relación entre una pareja de jóvenes puede ser intensa, permisiva, pero con muy poco compromiso. No se tiene la idea firme de llegar al matrimonio; cuando mucho, sólo la de vivir juntos mientras “el amor dure”, aunque a veces ni eso.
Se ha difundido ampliamente la idea de cambiar de pareja por el menor motivo y ha desaparecido la ilusión de formar una familia con hijos. Hoy existe menos compromiso entre los novios, disfrutan el presente y se olvidan del futuro.
Las parejas homosexuales también festejan el Día de los Novios, pero generalmente están desprovistas de proyectos de vida y se disuelven con gran facilidad.
El hecho es que el noviazgo ha cambiado enormemente en pocos años y todo esto ocurre ante la indiferencia o la impotencia de los padres, la tolerancia social, la confusión de criterios religiosos y el aliento de nuevas leyes civiles.
Es cierto que no todos son así. Todavía existen muchos jóvenes fieles al noviazgo y esperan con ilusión el día de su boda, pero estos cada vez son menos.
La pregunta es si esto llegó para quedarse; si habrá una regresión social, o si una nueva forma de noviazgo nos espera en el futuro.
LAE, diplomado en
Filosofía y periodista.
Académico de la Universidad
Autónoma de Guadalajara.
