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Día del Laico

por Quetzali Hernández
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Pbro. Lic. Roberto García De La Mora

En este día que celebramos a Cristo Rey del Universo, se ha ubicado oportunamente desde el año 2018 el “Día del Laico”, cuando la Conferencia Episcopal Mexicana tuvo a bien en la ‘Asamblea plenaria’ declarar al Beato Anacleto González Flores como Patrono del laicado mexicano. Reconociendo que por el Bautismo todo cristiano participa de un modo singular de la condición regia de Cristo, es decir; integrados al Cuerpo místico por las aguas bautismales, nos convertimos en “Pueblo de reyes, Sacerdotes y profetas”.

Podemos distinguir dos ámbitos en el uso de la palabra “laico”: en la sociedad civil y en la Iglesia católica. En el aspecto sociopolítico según la RAE indica a aquel que es independiente a cualquier confesión religiosa. En el segundo, tenemos también dos puntos de vista, el negativo y el positivo. El primero se refiere en exclusión a todos aquellos que son clérigos o pertenecen a alguna comunidad religiosa con votos solemnes. En positivo es aquella persona que ha sido regenerada en el Bautismo, que ha sido capacitada por el Espíritu Santo como testigo de la fe en Cristo y aquel que vive fortalecido alimentándose del Pan de Vida, es decir, que está capacitado por los Sacramentos de iniciación cristiana. Es cierto que en este sentido hay muchos laicos, sacramentalmente hablando, pero pocos comprometidos, es decir, aquellos que viven, realizan o ejercen su triple misión bautismal.

El Concilio Vaticano II fue el primero en dos mil años de la Iglesia que trata el tema de los laicos. Lo hace en cuatro de sus documentos, reconociendo y afirmando que en la Iglesia los laicos no son ciudadanos de segunda categoría, ni en número ni en calidad, como se pudo considerar por mucho tiempo. El cristiano tiene bastente que aportar al mundo; si, es el laico comprometido quien resiste, va en contra, hace frente, se opone al secularismo con los valores del Evangelio, pues el mismo Jesús dijo a sus discípulos: ustedes son la luz del mundo (Mt. 15,14) y la sal de la tierra (Mt.5,13). (Cf. Lumen Gentium, Gaudium et Spes, Apostolicam Actuositatem y Ad Gentes).

«Los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el Bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG 31). Más que ser un concepto manifiesta la identidad misma de aquel que injertado en Cristo es partícipe de su triple misión desde el mundo, como parte del cuerpo y según la función que tiene dentro de Él. Hemos de destacar la estrecha relación que los laicos tienen tanto con el mundo como con la Iglesia, por lo cual pueden influir positivamente como sal o levadura que da sabor y fermenta la masa con el evangelio, colaborando según su condición en la santificación del mundo.

Como miembros de la Iglesia, los fieles laicos también forman parte del mundo como ciudadanos, en donde ejercen su apostolado, reconociendo que todo en la vida del laico queda subordinado a la fe y no al revés. Es importante hacer notar que en la primitiva comunidad cristiana los laicos tenían un papel preponderante: los encontramos colaborando estrechamente con los apóstoles como Apolo, Aquila y Priscila, etc. A partir del s.VII esta figura se fue desdibujando, dándole más importancia al Clérigo en este sentido. En ese tiempo había una diferencia abismal en cuanto a la preparación y la cultura que los separaba, de ahí el término “laico”, es decir: “iletrado”, del griego, Laikos: gente común, del pueblo, sin preparación. Hoy las condiciones han cambiado, permitiendo que el Laico tenga acceso a toda la preparación y a toda la acción para realizar su misión, rescatando la creación y llevándola a Dios como parte de su Reino. ¡Que ningún laico se quede al margen y actúe en consecuencia!

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