PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ
Asumir la responsabilidad de los propios actos es un signo de madurez y un buen principio de poder poner los medios para propiciar un auténtico cambio de rumbo, si es que se pretende verdaderamente ese cambio. Sin embargo, tanto en el ámbito personal como social los seres humanos tendemos a responsabilizar a los otros; basta con que nos detengamos con atención en la práctica del Sacramento de la Penitencia, donde se escucha más la culpabilidad de los otros que del propio penitente. En los primeros capítulos de la Sagrada Escritura, cuando quiere hacernos tomar consciencia de la responsabilidad de los pecados hechos por el libre albedrío y sus consecuencias negativas, se nos narra que Adán culpa a Eva y ésta a la serpiente. Se trata de echar culpas a otros como un mecanismo de defensa y, evidentemente, para no asumir el compromiso responsable.
En el contexto social de la violencia generalizada e institucionalizada que sufrimos en nuestro país, nadie quiere asumir la responsabilidad y el compromiso de cambio; todos se echan culpas. El discurso reiterativamente cansado del gobierno morenista, frente a cualquier evento de inseguridad, es el de culpar a la guerra de Calderón y a la corrupción de García Luna. La oposición, por su parte, culpa al ineficaz proyecto de seguridad de López Obrador, aquel de “abrazos y no balazos”. Los ciudadanos culpamos a los gobiernos de todos los males que nos pasan. Sin embargo, nadie asume la responsabilidad; a lo más, se presentan proyectos de seguridad, con cosas viejas vestidas con ropajes nuevos, que seguramente serán ocasión para un evento lleno de luces, promesas de transformación, pacificación momentánea y, casi seguro en unos meses, la vuelta a lo mismo.
Si queremos un México en paz, debemos trabajar juntos por la justicia; todos los sectores nos debemos involucrar, todos tenemos algo de responsabilidad, pues no se entendería la situación actual sin el concurso de los empresarios, banqueros y de la sociedad en general; incluso también la Iglesia, que por omisión e incluso complicidad, debería asumir responsabilidades, pues ha habido un silencio poco profético frente a la violencia y no olvidemos que se llegó a decir, quizá como rumor, de narcolimosnas y de cómo capos del crimen organizado ayudaron a la construcción de Templos u otros espacios para la pastoral eclesial.
Ciertamente el gobierno, en todos sus niveles, es el primer responsable porque el Estado es el que tiene la obligación y el derecho de mantener la seguridad de los ciudadanos. Para ello, no debe dejar un espacio sólo, sin autoridad, sin temor a ejercer la fuerza del Estado cuando sea necesario, siempre en el marco jurídico y con estricto apego al Estado de Derecho y a los derechos humanos. Es de suma importancia dejar de echar culpas al pasado y asumir ya la responsabilidad a quien le toca, pues como ciudadanos es sumamente decepcionante que frente a hechos delictivos el discurso sea mirar hacia el pasado y no resolver el presente.
