Los creyentes en Cristo peregrinamos a Roma para encontrarnos primeramente con Jesucristo; luego con el apóstol san Pedro, en su tumba y ahora, con León XIV.
El encuentro personal con el Papa es un momento muy esperado que pocos tienen la dicha de concretar, es un anhelo del corazón que provoca que el espíritu tome control de cuerpo, mente, alma y corazón, y que las palabras no alcanzan a pronunciar.
Juan Pablo II solía, en momentos como éste, mirar directamente a los ojos de quien estaba frente a él, y con esa mirada suya solía acariciar el alma. Benedicto XVI lo hacía con su sonrisa y sus sabias palabras. Francisco, con el abrazo y tocando a los fieles. León XIV se detiene, va ‘palmeando’ a los que alcanza. Todos cercanos, de un modo o de otro, cada quien a su estilo y según sus fuerzas.
El Santo Padre, con su Anillo de Pescador (nombre que alude a san Pedro, el pescador de Galilea, y al que todos quisieran besar) “presta” a Jesús su persona, para que todo el mundo lo reconozca.
Se sabe que el Anillo del Pescador ya era de uso común por los pontífices desde 1265, cuando Clemente IV lo ‘instituyó’. Hablaremos luego, con detalle, de la historia de este signo.
Tras la renuncia de Benedicto XVI, su anillo no se destruyó, sino que solamente se marcó con una cruz para anularlo, porque todavía no había fallecido. Para Francisco se elaboró un anillo nuevo en plata dorada, tal y como él lo pidió, anillo que usó en pocas ocasiones, porque portaba el mismo cuando era arzobispo de Buenos Aires.
Con los años, reyes y príncipes, mandatarios y gente común, en reconocimiento de la autoridad pontificia y del servicio que presta a la Iglesia el “Siervo de los siervos de Dios”, como también se le reconoce al Romano Pontífice, se le besaba.
Por lo tanto, y en esencia, no se besa el anillo de Karol Wojtyla o el de Joseph Ratzinger, o el de Jorge Mario Bergoglio o el de Francis Prevost; se besa, con amor y devoción, el Anillo del Pescador, del Sucesor de Pedro, del Vicario de Cristo.
El Papa, al consentir este gesto, permite que esta muestra de amor y de cercanía llegue al Cielo porque es por Cristo, con Cristo y en Cristo, pues ese rebaño, que es la Iglesia, y que le ha sido confiado no le pertenece a él mismo sino al mismo Cristo.
En este tiempo pascual, en el Domingo de la Divina Misericordia, es bueno recordar este signo que, más que poder, es servicio, es amor, a ejemplo del que es el único y verdadero Vicario del Padre, y que nos dio ese ejemplo, para que el primero que lo viva sea, precisamente, su Vicario en el mundo.
Su caridad, hoy, León XIV la manifiesta al exigir la paz: ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras elijan la paz! ¡No una paz forjada por la fuerza! ¡No por el deseo de dominar a los demás!
Porque es lo que ahora necesita el mundo, que se sigue destruyendo, sobre todo en las personas más vulnerables.
