
Elsa Martha Gutiérrez
Cubrir la fuente de seguridad nunca ha sido fácil. Con el tiempo, se vuelve más riesgoso.
Hoy, los generadores de violencia y sus familias actúan sin respeto ni límites hacia los periodistas, más grave en el caso de las mujeres. El riesgo está presente en cualquier cobertura. Y eso se debe, en buena medida, a que la violencia alrededor ha cambiado: es más agresiva, más abierta. Esa intensidad llega también a quienes estamos en la calle. No siempre es posible mostrar o reportar todo lo que ocurre, porque hacerlo puede exponer al periodista, sobre todo si es mujer, a represalias.
El domingo de la detención y muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, salí a cubrir los bloqueos y ataques en la zona metropolitana de Guadalajara. Las calles estaban solas. La alerta era constante. El miedo nunca desaparece, aunque se reduce al ir acompañada de amigas y colegas.
Hoy, cubrir eventos de alto impacto implica ir en grupo. Aun así, el riesgo persiste. Acercarse a un bloqueo o a los puntos donde murieron personas era prácticamente imposible.
Policías y efectivos federales apuntaban armas. Cada paso debía ser calculado; cada decisión inmediata. La violencia de las calles se traslada a quienes cubrimos los hechos, afectando cómo se obtiene la información y cómo se documenta.
Los acordonamientos son más amplios. Eso limita la posibilidad de recabar información de primera mano. Siempre he pensado que en el terreno se encuentran las respuestas a las cinco W del periodismo: qué, quién, dónde, cuándo y por qué.
Esa es la información que no puede quedar sin registro. No se obtiene desde un comunicado oficial, sino desde la observación directa y el testimonio de quienes estuvieron presentes.
La tensión y el riesgo en la calle no se compara con el trato o las respuestas de algunos funcionarios. Casi siempre buscan minimizar los hechos o juzgar desde la distancia, y por si fuera poco, la actitud que adoptan frente a las preguntas también suma a la vulnerabilidad de quien está cubriendo los hechos.
Al final esa desconexión refuerza la importancia de estar presentes y documentar lo que realmente ocurre.
Ese domingo cubrí bloqueos en Jalisco por cuarta ocasión: 2012, 2015, 2022 y ahora 2026. Cada cobertura recuerda tensión y miedo. Intentar sonreír frente al peligro no borra la vulnerabilidad ni la responsabilidad que implica estar ahí. Este oficio exige medir riesgos, tomar decisiones rápidas y permanecer presente donde otros no pueden. No es fácil. La exposición al riesgo transforma la manera de reportear, pero no elimina la obligación de informar, aunque suele ver que otros o medios renuncien a consignar lo que pasa en la ciudad.
Cada fotografía, cada nota, cada testimonio implica responsabilidad. Algunas veces duele; otras, da miedo.
Sostengo que la información solo se obtiene desde el terreno, “ensuciarse los zapatos”, decía el Papa Francisco, donde la verdad no puede ignorarse ni quedar sin registro.
Ser reportera de seguridad no es heroísmo ni protagonismo: es responsabilidad. Esa presencia asegura que los hechos, los bloqueos, las víctimas y la realidad de la violencia queden registrados, sin distorsión ni filtros. La evidencia está en la calle. Y es ahí donde la verdad se sostiene.
