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El Buen Dios acoge a todo corazón sincero

por Quetzali Hernández
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Juan López Vergara

Nuestra Madre la Iglesia nos ofrece el día de hoy un texto exclusivo del Santo Evangelio según San Lucas de contundente actualidad. Este texto nos enseña que nadie, absolutamente nadie, puede impedir a un pecador acercarse al Buen Dios para implorar su perdón, ya que Él, en su entrañable bondad no desprecia un corazón sincero: contrito y humilde, sino que lo acoge con infinito amor (Lc 18, 9-14).

Yendo el Señor Jesús con rumbo a Jerusalén contó una parábola para motivar la conversión de quienes se consideraban intachables y despreciaban a los demás (véase v. 9). La parábola presenta que: “Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano” (v. 10). Nótese el contraste, mientras uno pertenecía a un grupo extremadamente religioso, el otro era un pecador declarado, es decir: ‘un publicano’. Los publicanos eran bandidos con credenciales, pues los romanos con tal de recabar impuestos solían hacerse de la vista gorda y dejaban hacer de las suyas a los recaudadores. A continuación, en sólo un par de versos se nos describe la actitud del fariseo:

“El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias” (vv. 11-12).

¿Habrá algo más absurdo que agradecer a Dios por no ser como los demás hombres (compárese Jn 8, 7-9)? La soberbia y el desprecio nos alejan siempre del Buen Dios.

A continuación, se describe la desemejante actitud del recaudador: “El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’” (v. 13). Al parecer aquel pecador no había olvidado una pieza del salterio, en la que el orante conoce su fragilidad, estar hecho de un barro aún no bien cocido: “Mira que nací culpable, pecador me concibió mi madre” (Sal 51, 7); y, arrepentido, reconoce su pecado: “Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias” (Sal 51, 19). El desenlace revelado por el Señor Jesús es de verdad terminante:

“Pues bien yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquel no, porque todo aquel que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (v. 14).

Me gusta proponer una maravillosa anécdota de gran actualidad, contada por el P. Charles, gran misionólogo, la cual puede ayudarnos a comprender el peligro que implica, a quienes por ser muy religiosos como aquel fariseo se creen autorizados para juzgar a sus hermanos: “Cuando el Senegal se hallaba bajo la dominación francesa y existía un doble tribunal, se produjo cierta vez una divergencia de fallos judiciales. El tribunal francés, compuesto íntegramente de cristianos, condenó a un africano porque, al pasar junto a una finca, se atrevió a coger algunos frutos para dárselos a una mujer, a la sazón en cinta y a punto de caer extenuada. Fue sorprendido por el dueño y denunciado. Se le condenó como ladrón. Entonces apeló al tribunal indígena que después de estudiar el caso con arreglo a su viejo código –pagano, por supuesto–, pronunció sentencia condenatoria contra el propietario de la finca por no haber socorrido ampliamente a una mujer que precisaba auxilios”.

Muy apreciables lectores, para actualizar la Palabra de Dios, ofrecida el día de hoy, en esta parábola contada por el Señor Jesús, los exhorto a que meditemos que el Buen Dios acoge con su infinito amor a todo corazón sincero: contrito y humilde.

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