Pbro. Adrián Ramos Ruelas


El saludo “Buen camino” con peregrinos o caminantes de todo el mundo, se convirtió en el saludo cotidiano al emprender la experiencia del Camino de Santiago. No me imaginé que muy pronto tuviera la oportunidad de viajar a España con el simple y gran propósito de caminar y estar ante los restos mortales del Apóstol Santiago, a quien le he cobrado una creciente devoción.
El Camino de Santiago de Compostela se ha convertido en todo un evento religioso, cultural y social que ha dejado grandes frutos de conversión, de interiorización, de convivencia y de salud mental y espiritual.
Desde la Edad Media, caminar o peregrinar hacia un Santuario ha sido toda una experiencia de fe que alienta el esfuerzo y el sacrificio para llegar a una meta concreta.
El pasado mes de junio tuve la gracia de acompañar humana y espiritualmente a un grupo de veintidós peregrinos jaliscienses, en su mayoría, mujeres que ya habían caminado en otras ocasiones. Nuestra consigna fue visitar la Catedral de Santiago y recorrer ciento veinte kilómetros en la parte norte de Galicia, hasta llegar al fin del mundo “Finisterre”.
Fueron siete días de disciplina, fatiga, sudor, lluvia y calor, de convivencia, cansancio y descanso, de celebraciones Eucarísticas, confesiones, profundas conversaciones y cantos y rezos en torno a un único destino.
A mis cincuenta años, pude meditar día a día sobre el regalo de mi vida. Descubrí que debía ser más agradecido, que debía perdonar de corazón, que debía enderezar mi camino.
Los bellos paisajes gallegos inspiraban mis reflexiones y oraba por todos. Tenía tiempo para ello.
Haber perdido recientemente a mi padre me hizo reconocer el gran regalo de la familia y la esperanza de vivir para siempre con ellos y conducirlos a Dios.
REGALOS DEL CAMINO
Mi recompensa fue muy grande: tres concelebraciones Eucarísticas en la Catedral donde pude palpar la gran fe de los peregrinos y el poder presenciar la incensación en un par de ocasiones, al terminar la celebración eucarística, con el gigante y famoso botafumeiro.
Y no sólo eso, a nivel espiritual, poder participar del Año Jubilar con previa confesión y con el propósito de mantener la vida de gracia como Presbítero y ofrecerla a manos llenas a los fieles católicos que también esperan mucho de Dios y de los sacramentos que la Santa Madre Iglesia pone a disposición de manera especial en este gran año.
Altamente recomendable es este paseo-caminata.
Económicamente, está la posibilidad de ahorrar y concertar el viaje con alguna agencia que normalmente ofrece descuentos u ofertas. La riqueza humana y espiritual es invaluable.
Al menos una vez en la vida démonos la oportunidad de descansar en el alma, recreando el espíritu, sumergiéndonos en nuestro interior. ¡Y lo podemos hacer en movimiento a través de caminar!
Los frutos se dejan ver: esfuerzo, cansancio, diálogo, palabras de aliento, ayuda solidaria y, al final, la satisfacción de haber llegado, de haber escuchado el repique de campanas y la gaita (instrumento musical característico) en la ciudad de Santiago de Compostela con su bella Iglesia, que anuncian que un peregrino más cumplió con su misión y ahora es recompensado. Experiencias como éstas, pocas en la vida.
Como el apóstol Santiago, doy testimonio de Cristo y de este viaje que me hizo afianzar mi vocación y elección: ser un Sacerdote peregrino que infunde mucha esperanza en el pueblo de Dios que se me encomienda, con el grave deber de conducirlos por el camino de la verdadera Vida, la eterna.
Diversos caminos: el inglés, el portugués, el francés o los mismos de España, concentran miles de peregrinos que, como si en otra vida llegaran a conocerse, se saludan con los labios y con el corazón por compartir el mismo objetivo: llegar a Cristo o alinear el espíritu.



