Inicio Prensa ArzobispadoLa Palabra del PastorEl chismorreo divide los rebaños

El chismorreo divide los rebaños

por Gabriela Ceja Ramirez
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Tenemos un único y verdadero pastor, Jesucristo. Así nos lo revela la Palabra de Dios.

San Pedro, en su Primera Carta, nos dice que Jesús fue clavado en la cruz, pero Dios lo resucitó y lo hizo Mesías y Salvador de toda la humanidad, por eso es nuestro Pastor.

La Eucaristía es una confesión de fe en el Señor, es reafirmar que pertenecemos a Él desde el día de nuestro Bautismo, cuando empezamos a ser parte de su rebaño.

El Bautismo es la puerta, es decir, por ahí entramos a formar parte de su rebaño por la verdadera y único acceso a Jesucristo.
En nuestro Bautismo fuimos lavados del pecado original, quedamos injertados en Cristo, participando de su condición de Hijo, y al quedar injertados en Él, comenzamos a ser hijos en Él, parte de su familia, de su pueblo, de su rebaño. El Señor, por tanto, tiene una presencia viva y permanente entre nosotros.

Al confesarlo como nuestro Pastor, no lo hacemos como un recuerdo o como una idea, sino confiando en su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Esta promesa la ratifica y la renueva en cada bautizado, porque estamos unidos a Él y somos su presencia viva.

Además, está presente por su Palabra, en su Iglesia y, de una manera especial, en cada hombre que Él escoge, con libertad y amor, que unge con la fuerza de su Espíritu, y lo envía para que ese varón lo haga presente realmente en medio de su pueblo. Es el caso de cada uno y de todos los Sacerdotes.

Es una realidad que compromete a cada Presbítero para trabajar en que los fieles vean en él, de una forma transparente, a Jesucristo.

El pastor conoce a sus ovejas. Jesús nos conoce a cada uno, por nuestro nombre, desde nuestro interior, y aunque tenemos defectos, Él nos ama, como somos, nos elige y nos salva.

Estamos obligados a escuchar su voz, a escuchar su Palabra y ponerla en acción. Lo que más quiere, espera y anhela es que, escuchando su voz, permanezcamos unidos a Él, y unidos entre nosotros como verdaderos hermanos.

Si lo conocemos a Él y Él nos conoce, y escuchamos su voz y la atendemos, tenemos que vivir en la unidad.

Cuando nos ponemos a escuchar otras voces, que no es la de Cristo, nuestro único y verdadero Pastor, entra la discordia, la división, el resentimiento, el rencor y hasta la venganza.

Mantengámonos en la fuerza, que es Jesucristo; mantengámonos en comunión con Él, escuchando su voz.

Escucharlo a Él descubrimos nuestros defectos para corregirlos, para edificarnos mutuamente y para crecer, no para confrontarnos.

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