Tenemos un único y verdadero pastor, Jesucristo. Así nos lo revela la Palabra de Dios.
San Pedro, en su Primera Carta, nos dice que Jesús fue clavado en la cruz, pero Dios lo resucitó y lo hizo Mesías y Salvador de toda la humanidad, por eso es nuestro Pastor.
La Eucaristía es una confesión de fe en el Señor, es reafirmar que pertenecemos a Él desde el día de nuestro Bautismo, cuando empezamos a ser parte de su rebaño.
El Bautismo es la puerta, es decir, por ahí entramos a formar parte de su rebaño por la verdadera y único acceso a Jesucristo.
En nuestro Bautismo fuimos lavados del pecado original, quedamos injertados en Cristo, participando de su condición de Hijo, y al quedar injertados en Él, comenzamos a ser hijos en Él, parte de su familia, de su pueblo, de su rebaño. El Señor, por tanto, tiene una presencia viva y permanente entre nosotros.
Al confesarlo como nuestro Pastor, no lo hacemos como un recuerdo o como una idea, sino confiando en su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
Esta promesa la ratifica y la renueva en cada bautizado, porque estamos unidos a Él y somos su presencia viva.
Además, está presente por su Palabra, en su Iglesia y, de una manera especial, en cada hombre que Él escoge, con libertad y amor, que unge con la fuerza de su Espíritu, y lo envía para que ese varón lo haga presente realmente en medio de su pueblo. Es el caso de cada uno y de todos los Sacerdotes.
Es obvio, cada clérigo es distinto, pero todos son ungidos con la fuerza del Espíritu Santo, con el compromiso de que los fieles vean en cada uno a otro Cristo, con todo y limitaciones, pobrezas y miserias de casa Sacerdote, pero presencia viva y real de Jesús.
Es una realidad que compromete a cada Presbítero para trabajar en que los fieles vean en él, de una forma transparente, a Jesucristo.
El pastor conoce a sus ovejas. Jesús nos conoce a cada uno, por nuestro nombre, desde nuestro interior, y aunque tenemos defectos, Él nos ama, como somos, nos elige y nos salva.
Estamos obligados a escuchar su voz, a escuchar su Palabra y ponerla en acción. Lo que más quiere, espera y anhela es que, escuchando su voz, permanezcamos unidos a Él, y unidos entre nosotros como verdaderos hermanos.
Si lo conocemos a Él y Él nos conoce, y escuchamos su voz y la atendemos, tenemos que vivir en la unidad.
Cuando nos ponemos a escuchar otras voces, que no es la de Cristo, nuestro único y verdadero Pastor, entra la discordia, la división, el resentimiento, el rencor y hasta la venganza.
Escuchar otras voces se llama chismorreo, porque encierra mentiras, sospechas y falsos. Divididos ya no somos rebaño de Jesús, ya no hemos entrado por Él que es la Puerta, que es entrada de paz y de armonía.
Mantengámonos en la fuerza, que es Jesucristo; mantengámonos en comunión con Él, escuchando su voz.
Escucharlo a Él descubrimos nuestros defectos para corregirlos, para edificarnos mutuamente y para crecer, no para confrontarnos.
