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El estupor y la maravilla

por Quetzali Hernández
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Sergio Padilla Moreno

Hay un pasaje del Antiguo Testamento que siempre llama la atención por la profundidad de su enseñanza. Me refiero a I Reyes, capítulo 19, 9 al 13, cuando el profeta Elías permanece atento al paso de Dios en el monte Horeb. El texto relata que se presentó un huracán, un terremoto y un gran fuego, pero el Señor no estaba en ninguno de esos fenómenos. Fue entonces cuando Elías lo reconoció al percibir “una brisa suave”. A partir de este profundo pasaje la pregunta es: ¿somos capaces de reconocer la grandeza y profundidad del paso de Dios en los pequeños detalles de la vida que no tienen ningún tipo de relumbrón? ¿Cuántas cosas y asuntos pequeños y ordinarios de la vida nos pasan desapercibidos todos los días? Siendo sinceros y a manera de ejemplo pregunto: ¿Fuimos conscientes y disfrutamos de verdad la bebida que tomamos durante el desayuno de hoy?

En el sentido de lo anterior, siempre será admirable el hecho de que los magos venidos de oriente, sabios y estudiosos, además de decididos para descentrarse y salir en búsqueda, hayan reconocido y adorado al rey de los judíos en un pequeño y pobre niño, hijo de un par de humildes galileos. Es sublime el detalle que narra el evangelista Mateo cuando dice que al ver la estrella se llenaron de alegría, así de simple y así de profundo. Y es aquí donde surge un cuestionamiento que conviene hacernos con total sinceridad: ¿hubiéramos sido capaces de reconocer al Verbo encarnado en un frágil y pequeño niño, despojado de todo signo por el que reconocemos la grandeza de alguien en nuestra cultura?

Esta capacidad para percibir la grandeza de los pequeños detalles de la vida se plantean en un libroque calificaría simplemente de excepcional, me refiero a la novela El estupor y la maravilla, del escritor español Pablo d’Ors (Madrid, 1963). En ella se habla de las memorias de un vigilante de museo, llamado Alois Vogel, quien durante veinticinco años ejerció este oficio en el Museo de los Expresionistas en la ciudad de Coblenza, su ciudad natal. A lo largo de los capítulos, que llevan el nombre de famosos pintores como Kandinsky, Klee y Mondrian, entre otros, el personaje va compartiendo el estupor y la maravilla que le provoca, simplemente, el ver, escuchar y sentir profundamente la realidad que le rodea: los cuadros expuestos en las galerías, el rostro de los visitantes al museo, el contraste de los colores de las paredes, las sombras, el vuelo de una mosca que para él es toda una teofanía, el polvo, la luz, los pliegues de su pantalón, etcétera. De ello, dice Vogel, “aprendí que al museo no se viene sólo a mirar, sino a admirar. Pero, ciertamente, no es posible admirar sin haber mirado antes.” Más adelante dirá: “Ante cualquier cosa que vea, toque, guste, oiga o huela, me sobreviene la impresión de estar frente a una maravilla. Y eso es lo que he descubierto en estos años: el estupor y la maravilla.”

padilla@iteso.mx
Pablo d’ Ors presenta ‘El estupor y la maravilla’
https://www.youtube.com/watch?v=SAhPwT5JQSk

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