PBRO. OMAR GERARD LEYVA

Hemos admirado muchas veces a quienes en la cancha ponen todo su empeño para realizar aquellas jugadas favoritas, muchas veces son aplaudidos porque llevan esa estrella que los hace brillar por cualidades que no cualquiera puede desarrollar. Con esto nos hace constatar cómo ejercen un dominio de fuerzas físicas que aclaman la afición con porras, gritos efusivos que desde el asiento o la tribuna apoyan confiadamente en seguir viendo aquellas habilidades extraordinarias de aquel que nombra como su “jugador favorito”
Pero, ¿qué hay detrás del “jugador favorito”, sea futbolista o de cualquier rama deportiva, ¿cómo hacen para conservar dichas cualidades? ¿Qué es lo que le hace tener esa fuerza deportiva en su vida?
Sabemos que detrás de la vida de un “jugador favorito” hay una historia que valorar, desde una visión meramente humana, sabremos descubrir que en aquellas personas hay un enfoque virtuoso. ¿Qué pone el nivel de saber reconocerse como un ser que va en desarrollo, como en un proceso que le hace medir fuerzas y lanzarse para un grado más alto del que se tenía al principio? Es decir, que todo deportista que va en busca de acrecentar ese grado más alto de sus capacidades. Usa mano de aquellas virtudes que son esfuerzo y sacrificio. Una manera muy concorde tendría que ser el deporte y la fe. Ya que una vida de fe sería conforme a una vida de virtudes, como el sacrificio, el esfuerzo, la dedicación, etc. Cosa que un buen deportista sería una persona virtuosa.
Una vida de fe es una vida ascendente, que va a la trascendencia, una vida deportiva, es imagen de trascendencia, ya que tiende a crecer a ir por más.
UNA VIDA DEPORTIVA ESPIRITUAL
Quien trasciende es porque ha entendido que la dimensión humana es acompañada por lo espiritual. “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible” (1 Cor 9, 25)
Si valoramos la vida en su integridad. Nos daremos cuenta que siempre hay una intencionalidad o motivo que hay dentro de sí. Una lucha por ser mejor.
No es tan fácil rendirse para quien tiene fe, verse vencidos; porque la lucha sigue siempre para anunciar la Buena Nueva. Así San Pablo nos lo atestigua (cfr. 2 Cor 4, 8-9).
La manera realista de ver el deporte es reconocer a cada “jugador favorito” que es un ser humano frágil, donde la dinámica motivacional es llegar a considerar, que no es un ser indestructible, sino que en sus derrotas va aprendiendo y va superándose.
“El deporte también enseña a perder, poniendo a prueba al hombre, en el arte de la derrota, con una de las verdades más profundas de su condición: la fragilidad, el límite, la imperfección. Esto es importante, porque es a partir de la experiencia de esta fragilidad que nos abrimos a la esperanza. El atleta que nunca se equivoca, que no pierde jamás, no existe. Los campeones no son máquinas infalibles, sino hombres y mujeres que, incluso cuando caen, encuentran el valor para levantarse.” (Homilía Jubileo de los deportistas ,15 de junio de 2025)
Una vida deportiva bien intencionada estará encaminada a vivir los valores humanos, con humildad, haciéndonos reconocer la propia fragilidad, en nuestras luchas y derrotas, nos ayudará a mirar, en grado espiritual, la trascendencia que nos da el Dios que nos da el premio de la gloria Celestial.
PASTORAL DEL DEPORTE
