La polémica del mandatario estadounidense con el Santo Padre León XIV y su imagen emulando a Jesús socorriendo a un enfermo

FABIÁN ACOSTA RICO | UNIVA
Sociólogos, antropólogos y filósofos especializados en postmodernidad hablan del imperio de la secularización en las sociedades actuales; señalan, con desacierto, que el individuo sufre el abandono de Dios. Se preguntan: ¿a dónde fue Dios?, ¿está escondido en una Biblia con formato de cómic, aparece como holograma en una iglesia suiza o responde mensajes en la app Text With Jesus?
Más allá de estas interpretaciones, Dios jamás se ha ido del todo. El hombre moderno quiso renunciar a Él; el posmoderno, en cambio, salió a buscarlo y lo encontró tanto en la pluralidad religiosa de la postsecularización como en el resurgimiento de fundamentalismos de todo tipo: cristianos, islámicos y orientalistas.
Ni el Estado moderno o posmoderno escapa a este fenómeno. Las viejas castas políticas, que evitaban mencionar a Dios por puritanismo laicista, han sido sustituidas por líderes que incluso montan casas de oración en palacios presidenciales para invocar la providencia.
El Dios que invocan los nuevos detentadores del poder viene acompañado de mesías, elegidos y redentores. No hay que buscarlos: los propios líderes que arengan con discursos de teología emocional se reconocen como salvadores de sus pueblos.
Un ejemplo es el expresidente de Brasil, Jair Bolsonaro, como lo muestra el documental Apocalipsis en el Trópico, disponible en Netflix y dirigido por Petra Costa. Con el respaldo de pastores pentecostales, Bolsonaro llegó al poder prometiendo un giro hacia una derecha populista y clerical.
Otro caso es el del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha sabido capitalizar el respaldo de sectores cristianos conservadores. Durante su segundo mandato impulsó medidas como la eliminación de programas DEI, el reconocimiento oficial de solo dos sexos, restricciones a personas trans en el ejército y el deporte, y el bloqueo de fondos a organizaciones que promueven el aborto. Incluso se mostró a favor de exhibir los Diez Mandamientos en escuelas.
TODO TIENE UN LÍMITE
Estás decisiones le han granjeado apoyo entre creyentes conservadores, algunos de los cuales lo ven como un mesías moderno: el azote del wokismo, el feminismo y el progresismo. Sin embargo, todo tiene un límite.
Tras entrar en polémica con el Papa León XIV, Trump publicó en redes una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparece vestido como Jesucristo, imponiendo una mano sanadora a un enfermo. Lo rodean símbolos estadounidenses y figuras que parecen representar a su base electoral.
La imagen fue retirada al día siguiente debido a su impacto negativo. Mientras sus detractores la ridiculizaron, aliados evangélicos y católicos la calificaron de blasfema. Y con razón: las figuras políticas son efímeras; los símbolos sagrados permanecen.
¿Qué espera Trump de sus seguidores? ¿Incondicionalidad, fe ciega, aplauso automático? Un estadista debe anteponer los intereses de la nación a su ego. Representa un proyecto político que exige mesura, no exaltación personal.
Un líder representa y abandera a sus seguidores. De ahí su responsabilidad de actuar con prudencia. Los excesos mesiánicos de Trump comprometen a su base electoral, mayoritariamente cristiana, que difícilmente migrará al progresismo, pero cuya lealtad puede erosionarse.
La tensión se agravó cuando Trump criticó al Papa, insinuando que sin él no sería pontífice, y reprochándole su postura ante Irán. León XIV respondió con claridad: él no es un político, sino un propagador del Evangelio.
Trump debería entender que su papel no es incursionar en lo religioso ni asumirse como líder mesiánico. Hacerlo solo alimenta la animadversión de sus críticos y debilita la confianza de sus propios seguidores.
