Pbro. Giovanni Camarillo
Enviado Especial

Roma.— La Plaza de San Pedro amaneció envuelta en un silencio que era, al mismo tiempo, oración, nostalgia y esperanza. Desde las primeras horas del 26 de abril, ríos de peregrinos comenzaron a fluir hacia el corazón de la cristiandad para rendir un último homenaje a quien fuera, durante doce años, el rostro de la misericordia de Dios en el mundo: el Papa Francisco.
Banderas de todas las naciones, ojos llorosos y manos alzadas con rosarios formaban un mosaico humano conmovedor. Más de 250,000 personas se congregaron para participar en la Misa exequial que, con profunda emoción, fue presidida por el Cardenal Giovanni Battista Re, Decano del Colegio Cardenalicio, acompañado de todo el Colegio de Cardenales; más de 980 concelebrantes, entre Cardenales, Obispos y Sacerdotes sin contar a los más de 4,000 Presbíteros que en la plaza del lado de la estatua de San Pedro participaba junto con el pueblo de Dios para despedir al querido Vicario de Cristo.
UNA PLAZA QUE FUE EL CORAZÓN DEL MUNDO
A medida que avanzaba la espera para comenzar la celebración, la Plaza de San Pedro se convirtió en un verdadero recuerdo de Pentecostés. Representantes de gobiernos y jefes de Estado de los cinco continentes ocuparon un lugar destacado, mostrando el respeto mundial que el Papa Francisco se había ganado.
Entre los líderes políticos se encontraban el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el presidente de Argentina, Javier Milei; el presidente de Polonia, Andrzej Duda; los Reyes de España, Felipe VI y Letizia, entre otros; además de numerosos primeros ministros europeos, latinoamericanos y representantes de organizaciones internacionales.
La gran concentración de líderes mundiales hizo que las medidas de seguridad fueran extremas: barreras, detectores de metales, francotiradores apostados, patrullajes aéreos y un despliegue coordinado de fuerzas internacionales de seguridad, garantizando un ambiente de respeto y protección para todos los presentes.
LA CATOLICIDAD VISIBLE
La presencia de representantes de Iglesias Católicas de diversos ritos — maronitas, melquitas, caldeos, ucranianos, armenios— recordaba la rica diversidad de la catolicidad. A su lado, delegaciones de religiones del mundo: judíos, musulmanes, budistas e hindúes, rendían homenaje a un hombre que no conoció fronteras para el diálogo y la fraternidad.
Entre los asistentes se encontraban también representantes del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla y del Consejo Mundial de Iglesias, una señal clara de la apertura que Francisco cultivó con empeño.
LOS PREFERIDOS DEL PAPA: LOS POBRES Y LOS JÓVENES
La imagen más conmovedora fue ver a miles de jóvenes y adolescentes, muchos de ellos peregrinos que habían llegado a Roma para la canonización del Beato Carlo Acutis, que originalmente se celebraría estos días. Ahora, estos jóvenes se encontraron despidiendo al Papa que tanto los amó, imprimiendo al funeral un ambiente alegre, festivo y lleno de esperanza.
Entre ellos, adolescentes de todos los continentes entonaban cantos, alzaban pancartas con frases como: “Francisco, amigo, los jóvenes están contigo” y “Gracias, Papa Francisco, por creer en nosotros, por enseñarnos a soñar y a confiar en Él”.
Testimonios recogidos entre peregrinos mexicanos y latinoamericanos reflejaban la emoción del momento: “Veníamos a participar en la canonización de Carlo, y ahora vivimos una experiencia que quedará grabada en el alma: despedir a un Papa que nos mostró a Cristo con su alegría”, decía una joven de Guadalajara.
Los más pobres también estuvieron presentes: migrantes, refugiados, ancianos y discapacitados, muchos de ellos trasladados gratuitamente por organizaciones caritativas, recordando la opción preferencial que Francisco siempre tuvo por los descartados.
UNA LITURGIA CARGADA DE SÍMBOLOS
La Misa fue celebrada con ornamentos rojos, signo del amor llevado hasta el extremo. Acompañado de sus hermanos Cardenales, el cuerpo del Papa fue llevado en procesión solemne hasta e
lugar preparado mientras que se entonaban los cantos para el sufragio del Santo Padre. Sobre el féretro de Francisco se colocó solemnemente el Evangelario, signo de que su vida estuvo sellada por la Palabra de Dios.
Las 6 oraciones de los fieles se leyeron en francés, árabe, portugués, polaco, alemán y chino.
Uno de los momentos más emocionantes fue el canto del Padre Nuestro en latín, la lengua madre de la Iglesia, que resonó en la plaza como una sola voz, uniendo a fieles de todas las lenguas y naciones en una oración común.
Después de la Comunión, se tuvo la Ultima commendatio, la recomendación final a Dios para acoger el alma del difunto en la gloriosa comunión de los Santos, y la Valedictio, la despedida o último saludo antes del entierro, con la súplica de la Iglesia de Roma seguida de la oración pronunciada por el Cardenal Baldassare Reina, Vicario General de la Diócesis de Roma, y, en griego, la Súplica de las Iglesias Orientales, junto a la oración del Patriarca de Antioquía de los greco-melquitas, Youssef Absi.

UNA HOMILÍA QUE RESONÓ EN LOS CORAZONES
El Cardenal Re, con voz serena pero cargada de sentimiento, pronunció una homilía que no dejó indiferente a nadie. Recordó a Francisco como un “testigo incansable del Evangelio”, un “misionero de esperanza”, y un “amigo de los pobres y marginados”.
“Él, que eligió llamarse Francisco, nos enseñó con su vida que la verdadera grandeza consiste en hacerse pequeño entre los pequeños”, afirmó el Cardenal. “El Papa Francisco vivió como un peregrino de la misericordia, llevando en su corazón a los descartados de la historia”.
En un emotivo pasaje, hizo mención especial a sus diferentes viajes apostólicos en donde mostraba su gran preocupación por la situación particular a donde llegaba, en donde en nuestro País realizo la histórica celebración de una Misa en la frontera entre México y Estados Unidos, símbolo de su amor por los migrantes y su sensibilidad hacia las heridas sociales de nuestro tiempo.


“Francisco nos enseñó a mirar más allá de nosotros mismos, a tender la mano, a caminar juntos como hermanos”, dijo el purpurado, evocando las constantes llamadas del Papa a la fraternidad, a la sinodalidad, y a la construcción de un mundo de paz.
Hacia el final de su prédica, el Cardenal Re evocó una de las frases más entrañables del Papa Francisco: “No se olviden de rezar por mí” que en cada intervención le gustaba enfatizar. Y, como una oración al Papa con emoción, añadió:
“Querido Papa Francisco, ahora te pedimos a ti que intercedas por nosotros ante el Señor y que desde el cielo bendigas a la Iglesia, a Roma y al mundo entero”.
TRASLADO E INHUMACIÓN
Al finalizar las oraciones, el cardenal Re roció agua bendita e incensó el ataúd, que luego fue trasladado a la Basílica de San Pedro y, desde allí, en procesión fúnebre, a la Basílica de Santa María la Mayor para el entierro.
La procesión salió del Estado de la Ciudad del Vaticano por la Porta del Perugino, pasando por la Galería Príncipe Amadeo de Saboya-Aosta, Corso Vittorio Emanuele, Piazza Venezia, Via dei Fori Imperiali, el Coliseo, Via Labicana y Via Merulana, hasta llegar a Piazza Santa Maria Maggiore.
Allí, en la Basílica que tanto amó, se realizó el rito de inhumación según las prescripciones del Ordo Exsequiarum Romani Pontificis. El rito fue presidido por el Cardenal Camarlengo, Kevin Joseph Farrell, en presencia de los miembros de la Curia Romana, y algunos representantes indicados.
El acto concluyó a las 13:30 horas (tiempo de Roma), tras la oración final, la colocación del ataúd en el lugar preparado, su sellado solemne y la bendición final, concluyendo así una página luminosa en la historia de la Iglesia.


UN LEGADO QUE NO MUERE
Francisco no deja solo un recuerdo sentimental. Su herencia espiritual, su magisterio vibrante y su testimonio sencillo de fe seguirán iluminando el camino de la Iglesia. En cada joven que sueña, en cada pobre que encuentra dignidad, en cada cristiano que vive con alegría su fe, el espíritu de Francisco seguirá presente.
Hoy, la Iglesia no queda huérfana. Francisco, “peregrino de esperanza”, como reza el lema del Jubileo 2025, sigue acompañándonos desde el cielo. Nos deja su sonrisa franca, su palabra valiente, su abrazo cálido.
Con gratitud y esperanza, la Iglesia universal despidió a su 266º Sucesor de Pedro: un pastor sencillo, un siervo apasionado del Evangelio, un hombre que supo vivir y morir con el “olor de sus ovejas”.


Como muestra de humildad, el Santo Padre quiso que fuera sepultado con sus zapatos que siempre utilizó.
