PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
En términos estrictamente humanos, lo que llevó a Jesús al Calvario fue su mala fama, una mala fama cuidadosamente elaborada y difundida por sus enemigos, que eran ni más ni menos, los hombres más poderosos de la religión hebrea.
Que un paisano común y corriente dijera cosas malas de Jesús se podía ignorar y olvidar, pero que quienes lo dijeran fueran hombres del prestigio moral y eclesiástico de los fariseos, y hasta los Sumos Sacerdotes, eso no podía pasar desapercibido, y sí, luego de tres años o más, de irle fabricando al Señor esa mala fama, al final acabó siendo determinante.
Que no respetaba las normas, que infringía la ley una y otra vez, que hacía lo que no estaba permitido, que era amigo de publicanos y gente de mal vivir, y hasta se dejaba tocar por mujeres de mala vida, no eran calumnias, ciertamente, pero divulgar esos hechos sin matices ni aclaraciones, y con la peor mala fe, convertía a sus oponentes en difamadores de primer grado.
Así la fama de Jesús se extendía por todo Israel, la buena y la mala, sólo que la mala siempre es más exitosa, sobre todo si se le hace a alguien que, por otra parte, va en ascenso, fama de éxito que la gente hacía crecer, incurriendo en comparaciones, y considerando que “nadie nos había hablado como Él”, y desde luego que “nadie” se siente ofendido, disminuido, rebajado, y en consecuencia decidido a tramar cómo deshacerse de Él, y así, dado que no lo podían derrotar ni con la palabra ni con las obras,
hacían planes para matarlo, asunto muy grave que requiere de una previa, sistemática y cada vez mayor difamación, hasta llegar a la calumnia.
Esta cloaca de los peores sentimientos se vierte abundantemente en el relato de la pasión de Cristo. Ahí lo mejor de Israel se calla, y lo peor brama hasta el paroxismo: “Crucifícale” o “no eres amigo del César”, “que muera uno y no que toda la nación perezca”, “ha dicho… ha hecho…” una tras otra todas las acusaciones se confabulan, se convocan, porque el día del acusador es la hora del príncipe de este mundo, “el que acusa a sus hermanos día y noche”, ese que ofreció al Mesías todos los reinos de la tierra, sin lograr su objetivo, ahora tiene su momento.
Jesús no responde a sus acusadores, aunque los cuestiona, pero bien sabe que ellos no buscan ni la verdad ni la justicia, sino deshacerse de Él, todos los poderes de este mundo, el político y el religioso se han unido en su contra, defenderse sería inútil, hay que beber el cáliz hasta el fondo, y lo hace.
Cuando la perversidad se apodera de la gente religiosa se vuelve sutil y retorcida; en términos humanos, a Jesús no lo mataron por su mala fama, le fabricaron esa mala fama para poderlo matar ¿a cuántos más les seguirá pasando lo mismo?
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