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El petróleo en México: De las glorias de ayer y la decadencia de hoy

por Gabriela Ceja Ramirez
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Israel Macías López[1]

Este mes, como cada 18 de marzo, el gobierno mexicano quiere que nos detengamos a conmemorar la gesta de 1938, aquel momento en que el petróleo se convirtió en el símbolo máximo de nuestra soberanía nacional. Sin embargo, al llegar a un aniversario más de la expropiación petrolera, la nostalgia choca de frente con una realidad estadística que nos obliga a pensar: ¿qué tanto de esa soberanía sigue en pie cuando nuestra principal empresa pública, Pemex, atraviesa uno de sus momentos más tristes?

Uno pensaría que, siendo el petróleo el «orgullo de la nación», su producción debería estar en la cima. Pero lo sorprendente —y preocupante— es que los datos del cierre de 2025 nos devuelven una imagen de estancamiento. La producción de petróleo crudo ha caído a su nivel más bajo en quince años, promediando apenas 1.37 millones de barriles diarios. Esta cifra no es solo un número frío; representa una pérdida de dinamismo que se traduce en que los ingresos petroleros, que en 2008 representaban el 13.0% del PIB, hoy apenas alcancen el 4.0%.

La debilidad operativa de Pemex se ve agravada por su situación financiera alarmante. Al tercer trimestre de 2025, la deuda financiera bruta de Pemex se situaba en 1.84 billones de pesos (más de 100 mil millones de dólares). Para dimensionar el problema, el patrimonio neto de la empresa es negativo en 1.90 billones de pesos, lo que significa que sus pasivos casi duplican a sus activos. En términos simples: Pemex debe mucho más dinero que el valor de todos los activos que posee, y hoy, 2026, sobrevive solo gracias a aportaciones patrimoniales masivas que le ha hecho el Gobierno Federal que, solo en los primeros nueve meses de 2025, ascendieron a 380 mil 100 millones de pesos.

A este escenario interno debemos sumar una capa de incertidumbre global que no estaba en el horizonte a inicios de este año. El reciente estallido de un conflicto bélico directo entre los Estados Unidos e Irán ha sacudido los cimientos del mercado energético mundial. Aunque las tensiones geopolíticas suelen disparar el precio del crudo —lo cual podría parecer un alivio para las finanzas mexicanas—, la realidad es que la volatilidad extrema y el riesgo de cierre de rutas comerciales clave generan un entorno de incertidumbre que encarece todavía más el costo de la deuda pública.

Mientras el precio de la mezcla mexicana cerró 2024 en 70.3 dólares, las proyecciones para 2026 ya anticipan una caída a 54.9 dólares, hoy vemos que con el conflicto el precio del barril ha subido y se espera que se mantenga alto mientras el conflicto continue, pero ahora que México ya no es un país exportador petrolero, sino uno importador de productos petrolíferos, resulta que ese dato ya no parece tan buena noticia.

El dinero extra que cobre Pemex por vender su poco petróleo, lo tendrá que usar para financiar la compra de todos los otros productos derivados que usamos, como la gasolina y que el gobierno federal no quiere que suban de precio.

A finales del año pasado, el Gobierno ha lanzado el «Plan Estratégico de Pemex 2025-2035». Con una apuesta ambiciosa: reactivar campos, implementar un nuevo régimen fiscal denominado «Derecho Petrolero para el Bienestar» y recurrir a esquemas de inversión mixtos para alcanzar los 1.8 millones de barriles diarios en 2030. Es una ruta que busca que Pemex demuestre ser un «socio confiable» para atraer capitales, reconociendo que el Estado ya no puede cargar solo con toda la cuenta. Lástima que, así como están las cosas, dichas metas no suenen más que a una lista de buenos deseos.

México llega a este 88 aniversario en medio de una contradicción dolorosa. Celebra una supuesta independencia energética, pero vivimos con una industria decadente que presiona la salud de las finanzas públicas y le resta enromes recursos públicos a la salud, la educación, seguridad e infraestructura.

Sin un Pemex que haga una limpieza profunda de sus finanzas, de sus nóminas y de los vicios acumulados durante décadas en las que era la gallina de los huevos de oro, la soberanía que tanto le gusta presumir a la presidenta Sheinbaum será solo otro discurso de aniversario. El desafío no es solo producir más barriles; sino rescatar a la empresa de su propia fragilidad financiera en un mundo que ya no espera a nadie.


[1] Economista, Profesor en la Universidad Panamericana en Guadalajara.

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