Juan López Vergara

El Santo Evangelio que nuestra Madre Iglesia presenta hoy, comprende un maravilloso texto de verdad esperanzador del cuarto Evangelio, donde se nos revela que, a partir de la fe en Jesús, quien come su carne y bebe su sangre, recibe la Vida que Él recibe del Padre, y será resucitado el último día, viviendo por toda la eternidad (Jn 6, 51-58).
JESÚS SE DONA A SÍ MISMO
Nos encontramos en la segunda parte del discurso del pan, cuando Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida” (v. 51). Jesús es el pan vivo, o sea activo. Nuestro cuerpo transforma el pan y lo asimila, lo hace cosa suya: el pan no actúa. Cristo, por el contrario, actúa y, al comerlo, es Él quien nos transforma, revelando así que se dona a sí mismo.
LA VIDA ALCANZARÁ SU PLENITUD EN LA RESURRECCIÓN
La reacción no se hizo esperar: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (v. 52). La incomprensión hace avanzar la argumentación. Jesús, lejos de suavizar la expresión, categórico, declaró: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (vv. 53-54).
Jesús, quien ha dado su sangre hasta la muerte, adquiere figura permanente en la Eucaristía, donde nosotros recibimos el don inextinguible de su fuerza vital, o sea de su Vida (compárese Jn 10, 10b). Y esa Vida está ya presente en el que cree y come, pero alcanzará su plenitud en la resurrección futura.
EN LA EUCARISTÍA RECIBIMOS LA VIDA QUE JESÚS RECIBE DEL PADRE
Este breve texto que nuestra Madre Iglesia presenta hoy, condensa abismos de sentido y destellos de eter nidad sobre los designios divinos, pues en él palpita el principio teológico sobre el que se apoya la tradición de la Iglesia, acerca del culto eucarístico, dado que en la Eucaristía recibimos la Vida que Jesús recibe del Padre:
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí”(vv. 55-57).
Muy apreciables lectores, para actualizar el santo Evangelio del día de hoy, los exhorto a reflexionar, siempre en el esperanzador horizonte de la fe y la gratitud, que participar en la mesa de la Eucaristía, es ir al encuentro de la salvación ofrecida por el sacrificio de Jesucristo, por el alimento que nos hará vivir por toda la eternidad: “Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre” (v. 58).
