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El Sacramento del hermano

por Michelle Fletes Rubio
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JUAN LÓPEZ VERGARA

El Santo Evangelio que nuestra Madre Iglesia celebra el día de hoy, es de una exquisitez extraordinaria: de camino a Jerusalén, el Señor Jesús imparte lecciones de vida, entre las cuales destaca una parábola exhortativa para hacer el bien a todos aquellos hermanos nuestros que encontramos derribados en los caminos de la historia, quienes entrañan un bellísimo Sacramento, en quienes Él se hace presente (Lc 10, 25-37).
LLAMADOS A EQUIPARAR EL AMOR DE DIOS CON EL AMOR AL PRÓJIMO
Empieza con la inquietud de un doctor de la Ley por conocer qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Pero tan noble inquietud la presentó a Jesús con el afán de ponerlo a prueba, con mala leche, hasta llamándolo: ‘Maestro’ (véase v. 25). Jesús, entonces, lo motivó a responderse él mismo:

“¿Qué es lo que está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. El experto contestó “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo” (vv.26-27).

Se trata de una relación esencial que incluye la totalidad de nuestro ser, tanto con los otros como con Dios. A Jesús le pareció una interpretación asombrosa, que equipara el amor a Dios con el amor al prójimo, y confirmó esta interpretación invitando al jurista a ponerla en práctica (véase v. 28).
CONVOCADOS A ACTUAR CON GENEROSIDAD
Enseguida aquel teólogo queriendo justificarse preguntó a Jesús sobre la identidad de su prójimo (véase v. 29). Jesús eligió contestar con una parábola, para inducir a su interlocutor a encontrar por si mismo la respuesta: “Un hombre bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto” (v. 30). Después, casualmente, iban por el mismo camino tres personajes, siendo los dos primeros, un sacerdote y un levita, quienes al ver al herido pasaron de largo (vv. 31-32); en cambio:

“Un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’” (vv. 33-35).

Un hombre sin más señas fue suficiente para generar la compasión del samaritano. El cruzó así el puente hacia el mundo de su hermano en desgracia, desde su mirada compasiva al compromiso personal, mostrando comprender mejor la voluntad de Dios, que aquellos dos clérigos centrados sólo en sí mismos. Aquel amable samaritano actúo con desbordante generosidad ante el hermano necesitado, calzando sus zapatos, metiéndose en su piel, dispuesto a tenderle la mano.
LLAMADOS A HACERNOS SOLIDARIOS CON NUESTROS HERMANOS MÁS NECESITADOS
Jesús, enseguida, cuestionó al doctor de la Ley sobre quién consideraba que se había comportado como prójimo del hombre que fue asaltado (véase v. 36).
Y aquel doctor le respondió: “‘El que tuvo compasión de él’. Entonces Jesús le dijo: ‘Anda y haz tú lo mismo’” (v. 37). Aquel samaritano comprendió a fondo la voluntad de Dios, pues al contribuir en la rehabilitación de su hermano se hizo realmente prójimo, es decir, solidario con él.
Muy apreciables lectores, para actualizar la Palabra de Dios, anunciada el día de hoy por nuestra Madre Iglesia, los exhorto a que veamos que el Señor Jesús nos llama a tomar conciencia del sacramento del hermano, en quién Él se hace presente (compárese Mt 25, 40).

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