ALFREDO ARNOLD

La semana pasada se conmemoró un aniversario más de la Revolución Mexicana. Hubo discursos, desfile, festejos, lo de casi siempre. (Discutible, por cierto, si la Revolución comenzó antes o después del 20 de noviembre de 1910).
A propósito de esta, aquí en Guadalajara, hace no muchos años, desfilaban colegios e instituciones deportivas como el Pentatlón y los infaltables charros luciendo sus mejores monturas. Y después del desfile, por la tarde, había fiesta popular en el centro de la ciudad: música, cascarones llenos de confeti, charros y mucho ambiente familiar.
El desfile en la Ciudad de México se ha cancelado en algunas ocasiones. En 2006 el Presidente Fox, ya casi para terminar su administración, lo cambió por una ceremonia en Los Pinos; el motivo fue que López Obrador, quien no aceptaba su derrota electoral ante Calderón, convocó a una manifestación en el Zócalo.
Felipe Calderón revivió el desfile en 2009, con una gran exhibición de las fuerzas armadas.
Peña Nieto lo canceló en 2014 y por el resto de su administración, a causa de los trágicos hechos de Ayotzinapa. La ceremonia de ascensos militares tuvo lugar en el Campo Marte.
En los últimos años, el desfile se ha llevado a cabo sin problemas, aunque la fecha se cambia a gusto de las autoridades, como sucedió en esta ocasión en que el descanso oficial fue el lunes 17 y el desfile el jueves 20. En la Ciudad de México, el recorrido se recortó por temor de que se repitiera la manifestación de la semana anterior, pero transcurrió sin incidentes. En otros lugares del país, el festejo se suspendió por motivos de seguridad.
Celebrar la Revolución fue una iniciativa del Presidente Lázaro Cárdenas, quien la propuso como “reflejo de la voluntad pacifista y conciliadora del pueblo”, admitiendo implícitamente que la Revolución no fue un hecho brillante ni patriótico, sino una lucha entre caudillos.
En efecto, parece de mal gusto festejar una guerra civil en la que casi todos sus líderes se asesinaron entre sí: los hermanos Serdán, los hermanos Madero, Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Felipe Ángeles, Francisco Villa, Álvaro Obregón y cientos de mexicanos más. Las haciendas productivas fueron saqueadas; las mujeres, violadas; los trenes, dinamitados…
La Revolución frenó durante casi medio siglo el progreso de México; de hecho, le hizo perder competitividad frente a Estados Unidos y otras naciones. A finales del gobierno de Porfirio Díaz, México ya destacaba como uno de los países más modernos y avanzados de América e incluso superaba a algunos de Europa. Ciertamente, México no era un paraíso y había una gran población muy pobre que venía de sufrir un siglo de guerras, pero por fin había paz, progreso y sobre todo, futuro.
Precisamente don Porfirio, con aire profético, se refirió a la naciente Revolución cuando se embarcaba al exilio: “Madero ha soltado al tigre, vamos a ver si puede domarlo”… Por supuesto que ni Madero ni todos los jefes revolucionarios pudieron domarlo; de hecho, se devoraron entre sí.
Hoy, lamentablemente, se advierte de nuevo una división entre el gobierno y una buena parte de la sociedad; el país se divide y no avanza en lo sustancial. Ojalá que esta situación se detenga y no se suelte el tigre de nuevo.
El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de larga experiencia.
Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

