Inicio CulturaEl último viaje del Pastor de las Periferias: Crónica de un adiós en Roma

El último viaje del Pastor de las Periferias: Crónica de un adiós en Roma

por Gabriela Ceja Ramirez
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RAMIRO ESCOTO RATKOVICH / PERIODISTA Y VATICANISTA

El recuerdo de hace un año: Roma no duerme, pero hoy guarda un silencio distinto. El tañido de las campanas de la Basílica de San Pedro no solo anunció el fin de un Pontificado, sino el cierre de una era que intentó, con éxito o con tormenta, sacudir los cimientos de la institución más antigua de Occidente. Jorge Mario Bergoglio, el Papa que vino «del fin del mundo», ha iniciado su tránsito hacia la historia.

LA SENCILLEZ FRENTE AL PROTOCOLO

Las exequias de Francisco han sido un reflejo fiel de su vida: una mezcla de la milenaria liturgia vaticana con la austeridad jesuita. Sobre el austero féretro de madera de cedro, colocado directamente sobre el tapiz en la Plaza de San Pedro, el Evangelio permaneció abierto, sus hojas movidas por el viento romano como si el Espíritu Santo buscara un último diálogo con el Pontífice.

A diferencia de sus predecesores, el rito se sintió más humano que imperial. No hubo excesos de púrpura, sino una sobriedad que recordaba su primera aparición en el balcón aquel marzo de 2013: «Hermanos y hermanas, buenas noches».

UN MUNDO CONVOCADO EN LA PLAZA

El despliegue de invitados fue un mosaico de la diplomacia global y la fe. En las primeras filas, no solo vimos a los Jefes de Estado de las potencias tradicionales; la relevancia la tuvieron los líderes de las «periferias» que él tanto amó. Presidentes de naciones africanas y latinoamericanas compartieron espacio con monarcas europeos y delegaciones interreligiosas lideradas por el Gran Imán de Al-Azhar y el Patriarca Bartolomé, consolidando su legado de diálogo ecuménico.

Desde la tribuna de prensa, el espectáculo era otro. Más de 3,000 periodistas acreditados —desde los veteranos vaticanistas de agencias como AP, Reuters y ANSA, hasta los nuevos narradores digitales— dábamos cuenta de un evento que, por primera vez, se vivió en un tiempo real absoluto, fragmentado en millones de pantallas pero unido en un solo sentimiento de orfandad institucional.

El destino final: Santa María la Mayor

La decisión de Francisco de no ser enterrado en las grutas vaticanas junto a la mayoría de los papas, sino en la Basílica de Santa María la Mayor, es su último mensaje político y espiritual. Al elegir este templo, el Papa rompe con una tradición de más de un siglo para refugiarse a los pies de la Salus Populi Romani.

Ser inhumado en la basílica que visitó más de cien veces antes y después de cada viaje apostólico es un acto de devoción mariana y de humildad romana. Francisco no quiso ser un monarca en una cripta dorada; prefirió ser un hijo que vuelve a la casa de su Madre, en el corazón del pueblo de Roma, lejos de la majestuosidad fría de San Pedro.

EL LEGADO: UNA IGLESIA EN SALIDA

¿Qué nos queda de Francisco? Un Pontificado que obligó a la Iglesia a mirarse al espejo y reconocer sus arrugas. Su legado no son solo documentos como Laudato Si’ o Fratelli Tutti, sino la instauración de la sinodalidad como método: la idea de que la Iglesia se camina juntos o no se camina.

mientras el humo de los cirios se disipa y la «Sede Vacante» comienza su curso, queda la sensación de que Francisco logró lo que prometió: iniciar procesos más que ocupar espacios. La Iglesia que deja es más pobre en las formas, pero más rica en su conciencia social.

Roma guarda silencio, pero el eco de sus palabras sobre la misericordia seguirá retumbando en los pasillos del Vaticano mientras los cardenales se preparan para cruzar las puertas de la Capilla Sixtina.

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