AUGUSTO CHACÓN

Expresión natural: ya va a llegar la Navidad. Es ella la que se aproxima porque el tiempo es el que, según nosotros, avanza: un día llega y avienta el previo al pasado, y así con los meses y los años. ¿Y si cambiamos el orden? Este año, aciago por tanta violencia, real y presentida, dan ganas de cambiar el orden. Somos las personas quienes nos movemos hacia adelante, el tiempo es sólo una manera de llevar la cuenta de nuestro movimiento.
Pensemos que la Navidad está ahí, esperando a que lleguemos a ella. Unos años nos acercamos despacio, otros, como este 2025, vamos con prisa: urgidos de Navidad. Claro, porque supone fiestas y por la sensación, tristemente efímera, de que podemos ser diferentes, mejores. Durante unas semanas, incluso miramos distinto a quienes nos rodean. Si quitamos del escenario los apuros de las compras, ir de posada en posada y las banalidades, el sentimiento de que somos capaces de justipreciar al prójimo muestra el camino hacia el Belén que cada uno , q u e cada una tenemos en la mente; en el corazón.

Puesto en la imaginación el sendero de Belén, ¿con qué cara nos apersonaremos en el Nacimiento? Por entre los pastores, los Reyes Magos, el ermitaño, el estanque, los borregos, el buey, el burro, hasta llegar a la vera de María y José, en esa representación mágica que instalamos en nuestras casas, que vemos en parques, en los templos, para mostrar nuestra fe y también por el ansia de huir de la rutina que nos atosiga a un tiempo y un espacio inmutables, donde lo bueno es posible.
VIOLENCIA EN MÉXICO
Advertirle, y a sus padres que saben lo que es tener que huir de los violentos, que no es la mejor época para estar en México, ferocidades de todo tipo nos azuelan. De las más crudas, asesinatos, desaparición de personas, feminicidios, extorsiones, robos, a las más sutiles: discriminación, acosos -sexuales, laborales-; las que provocan la codicia y la envidia; las disfrazadas de educación y que no son sino formas de establecer superioridad con agresividad, ajenos a la compasión, al acto de ponernos en los zapatos de la otra, del otro; las que cometemos contra la Tierra que Dios nos prestó para vivir y cuidarla, para nuestros hijos, para los nietos de nuestros nietas y nietos. Llegaste -tendríamos que admitir- Niñito Dios, a la violencia diaria que es desentendernos del dolor ajeno, y no es raro que así hagamos, desentendernos, de nuestras propias familias. Solemos evadir la responsabilidad de esa violencia, casi siempre inadvertida, culpando a los gobernantes, que la tienen, y mucha, o a las circunstancias o a los demás.
SE NECESITA UN TIEMPO DE PAZ
Por esto vamos con apuro a la Navidad. Necesitamos un tiempo de paz que no puede ser, o comenzar a ser, sin reconocernos partícipes, por omisión o comisión, de la desconfianza generalizada que dispone el ambiente para la furia. Luego de dar testimonio ante el recién nacido, no sería raro, ya lo hicieron, que María y José tomaran a su hijo y buscaran el metafórico Egipto para escapar de la ira de quienes en un clima de paz no pueden medrar.
No lo harán, no montará José a María en el asno para esperar que las condiciones sean propicias para criar a su criatura, porque estamos en una Navidad en la que nuestro Salvador espera mucho de nosotros, no al revés ¿seremos capaces de cuidarlo? ¿Podremos pedir con seguridad a la Sagrada Familia: no se vayan?

Porque a partir de hoy nos preocuparemos porque la paz sea parte de la vida diaria en las familias, en los barrios. Exigiremos que quien debe impartir justicia lo haga sin distingos. Exigiremos que nadie sea excluido de los servicios de salud, de la educación. Exigiremos, en este país tan rico, el décimo segundo más rico del planeta, que la pobreza sea erradicada, que no sea normal que unos pocos tengan casi todo y muchísimos tengan casi nada. Señalaremos a los corruptos, pero primero haremos un examen de nuestro compartimiento personal, en la sociedad y con los cercanos. Procuraremos a nuestros semejantes y nos uniremos para que la voz de muchas, de muchos, sea una.
La paz no es que los criminales dejen de tirar balazos. La paz no es agachar la cabeza para que los violentos no se molesten. La paz no son las estadísticas de las autoridades, meras rayas en el papel o en las pantallas que apuntan hacia abajo. La paz no es repartir dinero sin cambiar la estructura que soporta y justifica la desigualdad. La pazno es mirar hacia otro lado cuando atestiguamos una injusticia. La paz no es pensar que basta con no meterse con nadie y desentenderse de todos. La paz no se crea al cerrar por dentro nuestras casas, equivale a exclamar: sálvese quien pueda.
Al cabo, por más que queramos invertir el orden de las cosas, si con este presente nos arrimamos al Nacimiento, seremos nosotros quienes recibiremos del Niño Dios un regalo superior a cualquiera, complemento del hipotético examen de conciencia de quien quiera que, como en confesión, asuma su porción de responsabilidad por el estado de cosas, en lo personal y en su comunidad: llegaremos a la Navidad a recibir la esperanza que da ser parte activa de la construcción de la paz que no es un fin, sino un camino que se recorre día con día, colectivamente. Es arduo y sus frutos son dulces, los recogeremos muy pronto en nuestro círculo próximo y enlos espacios públicos que habitaremos confiados, sin miedo.
Cuando este Niño al que hoy corremos a encontrar en la Navidad de 2025 sea adulto, pregonará -su pregón se ha repetido cientos de millones de veces en todo el mundo-: “Bienaventuradoslos que trabajan por la paz, / porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Ante la inminencia de su nacimiento y antes de envolvernos en las superficialidades de la celebración, cerremos los ojos y repensemos la bienaventuranza: ¿vale la pena trabajar por la paz? ¿Vale la pena ser llamada hija, hijo de Dios?


