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En las mismas

por Quetzali Hernández
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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tuvo la osadía infundada de cambiar por decreto el nombre del Golfo de México. Osadía en su acepción negativa, ¡claro! No como valentía e intrepidez, sino como falta de decoro, imprudencia, arbitrariedad y vergüenza. ¿Con qué autoridad puede cambiar el nombre de un espacio que rebasa sus competencias, pues sus aguas bañan las costas de México y Cuba? ¿Un gobernante puede, entonces, cambiar arbitrariamente los nombres que por siglos han designado a un espacio geográfico?

Se trata de un acto de envalentonamiento y prepotencia que genera a muchas personas tanto descontento, como impotencia, pues se trata ni más ni menos que del hombre más poderoso del planeta. Por esa razón, la cosa se vuelve más grave, pues se esperaría de una persona de su talla, que tuviera al menos un poco de decencia y educación, que fuera un estadista de altas miras para su país y el orbe entero, por la influencia e importancia del país que gobierna, y no un payaso sinvergüenza, a la talla de los dictadores como Maduro o Putin. Pero bueno, ¿qué se puede esperar en este momento en que carecemos de grandes liderazgos en todo el mundo y en todos los ámbitos?

El mismo descontento e impotencia se han experimentado hace ya tiempo cuando gente del gobierno de nuestro México, en aquel tiempo posrevolucionario, también comenzó a cambiar los nombres de los pueblos, especialmente de aquellos que llevaban nombres de santos. Así, por ejemplo, Santa Ana, terminó siendo Acatlán de Juárez; San Gabriel, Venustiano Carranza, y un largo etcétera. Ese cambio no era sino la imposición arbitraria de una ideología, a la misma usanza y criterio de Trump.

Todavía hoy, en el México de pleno siglo XXI, cuando la democracia se empezaba asomar a nuestro país; cuando no había necesidad de esos arrebatos ideológicos, que son expresión de la más brutal imposición irracional, desprecio por lo diferente y la anulación del otro… En el municipio de Tultitlán, Estado de México, gobernado por aquellos que presumen y presumen, al menos en el discurso largo y tedioso, de ser los más democráticos de entre los demócratas del mundo, comenzaron a cambiar los nombres a colonias y calles para imponer nombres tan absurdos como “cuarta transformación”, “me canso ganso”, “acúsalos con su mamá”, “abrazos, no balazos”, “sembrando vida”, etcétera, expresiones que utilizó el expresidente, Andrés Manuel López Obrador, en su proyecto de gobierno.

¿Qué diferencia habría, en el fondo, de Donald Trump que cambia el nombre del Golfo de México o de quien cambia arbitrariamente el nombre de calles en su municipio? ¿Qué diferencia habría entre la prepotencia de Trump y la de la mayoría de los políticos mexicanos? En el fondo y en la forma se trata de pura arbitrariedad, hija natural de la soberbia de quien gobierna, hermana de la ceguera y borrachera de poder y madre de la injusticia. No hay mucha diferencia entre unos y otros. Así, que estamos en las mismas.

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