VÍCTOR ULÍN

Salió de su trabajo, por la noche, como todos los días.
A su edad es lógico que haya quienes piensen que debió estar en su casa disfrutando de su jubilación y no saliendo de su jornada laboral. Es lo que desearíamos muchos que ya estamos en la edad de “dejar de trabajar” y disfrutar de un retiro digno, en familia.
De sus 67 años de vida, doña Ofelia había dedicado 30 a favorecer el bienestar de la gente. A curar.
La última noche que salió de laborar de la Clínica San Pedro Apóstol, en Tlaquepaque, fue el 31 de enero.
Como todas las noches se despidió de sus compañeros y amigos de trabajo. En las inmediaciones de la clínica caminó al estacionamiento con la confianza que da recorrerlo tantas veces desde hace mucho tiempo.
Los medios de comunicación digitales e impresos que registraron la noticia confundieron su profesión: unos hablan de que era enfermera y otros química farmacobióloga. Era, en esencia, una mujer dedicada en cuerpo y alma a su trabajo. Una mujer trabajadora que había hecho de su profesión su apostolado. Que laboraba en una clínica como muchas profesionales que constituyen el personal médico, la mayoría mujeres y hombres con la vocación de sanar al prójimo. Con un alto compromiso social y humanista.
Cuando sacó las llaves de su bolso dos tipos la sometieron con un cuchillo. No dudó en darle las llaves y sus pertenencias para que se robaran su camioneta Toyota. Nunca quiso comprometer su vida o ser una heroína por enfrentar a dos tipos que la superaban en fuerza.
En una ciudad insegura que es el amplio reflejo de lo que ocurre en el Estado y muchas partes del país, doña Ofelia padeció la brutalidad de dos sujetos que no se conformaron con tener en sus manos las llaves para robarle su auto. Indefensa, no pudo evitar que su pecho fuera atravesado por el puñal de uno de los dos delincuentes.
La herida fue mortal. La llegada de los paramédicos que fueron llamados por los testigos no pudieron hacer mucho para salvarle la vida. Doña Ofelia murió camino al hospital. Su cuerpo no resistió el daño del puñal en su pecho. Poco más de un mes después, la semana pasada, las autoridades judiciales han informado que fue detenido uno de los dos agresores de doña Ofelia.
La justicia a veces llega tarde, pero llega. Es cierto que ni atrapando a los dos delincuentes doña Ofelia volverá para seguir viviendo como lo hacía aquella noche del 31 de enero, cuando no pudo llegar a casa a descansar después de un día de trabajo.
Pero la lucha por la impunidad debe seguir. Los que cometan un delito deben ser castigados conforme a la ley y para que se contengan las agresiones en contra de cualquiera, sea usted o yo, a cualquier hora y en cualquier parte de la ciudad.
El peligro nos acecha a todos. Hay que vivir con esta certeza en lo que se logra la normalidad que extrañamos. Que tiene que llegar.
El asesinato de doña Ofelia no debe quedar en la estadística ni mucho menos en las notas rojas de los medios de comunicación. Tampoco en el olvido. Su muerte es también un poco la de nosotros. Porque cuando nos matan a gente buena, que se levanta en la mañana para ir ayudar al prójimo, vamos perdiendo la lucha que tenemos que ganar. Por la memoria de doña Ofelia y la vida de todos.


